Densidad urbana y la civilización

En su muy interesante blog sobre densidad, Tim de Chant tiene un post asombroso: visualiza en un mapa de Estados Unidos de qué tamaño sería una ciudad que contuviera por sí misma la población entera de la Tierra (de 6,9 millardos en el momento en que escribió el post; hoy es de 7). Pero ofrece varias alternativas: si esa ciudad tuviera la densidad que hoy posee París, sería del tamaño de Mississipi, Arkansas y Louisiana juntos; si tuviera la de New York, sería del tamaño de Texas; si tuviera la de Londres, del tamaño de Texas más Arkansas, Louisiana, New México y Oklahoma… y si tuviera la de Houston, un modelo extensivo de ciudad muy distinto al de la compacta ciudad europea típica y, como Atlanta o Los Angeles, muy dependiente del automóvil y propensa a generar islas de calor urbano, esa urbe que nos tuviera a todos como vecinos tendría la extensión de todos los 26 estados federales centrales y del Mid West de USA.

Sería injusto poner a Houston a competir en cualquier cosa con París -enormes diferencias hay entre los factores históricos, geográficos, económicos y culturales que alimentan a ambas urbes- pero la figura de Tim de Chant lo pone a uno a pensar en lo distintas que son en su aspecto más evidente, visible incluso desde el espacio: la capital francesa es densa y abigarrada, la pujante ciudad texana es un ejemplo paradigmático del urban sprawl. Y esta sola variable de la densidad está íntimamente conectada con las posibilidades que sus habitantes tienen para trabajar, estudiar y relacionarse.

O simplemente para tener una vida cotidiana más interesante, más rica. El que ha ido a París o vive en ella sabe muy bien cuántas cosas pueden pasarle a uno caminando un par de cuadras, cuántas maravillas puede ver, oler y saborear en una ciudad con la densidad física pero también cultural de la magnífica Lutecia, como la llamaban los romanos. Y el que ha ido a una ciudad como Houston o vive en ella sabe también que casi todo lo que puede encontrar lo encontrará desde el automóvil, no a pie ni en bicicleta.

ladensidad1Y no es lo mismo desplazarse por una ciudad en automóvil, que en el caso de muchas personas es prácticamente el único modo en que lo hacen, que hacerlo a pie o en transporte público. Son experiencias urbanas totalmente diferentes.  

Una ciudad puede nacer como encrucijada comercial, como puerto de exportación de determinadas mercancías, como fuerte militar o como centro de peregrinación religiosa, e incluso puede ser diseñada y construida por decreto, como Brasilia, Washington DC o Ciudad Guayana. Pero el espíritu que anima a sus habitantes y que la hace posible es que es mejor vivir ahí que aislados en el campo que la circunda, por una u otra razón. Una ciudad transmite con su mera existencia la fe de sus habitantes en que es posible convivir, o que al menos vivir en ella es el menor de los males.

Y esto ha sido así desde Mesopotamia porque la ciudad, una densa aglomeración urbana, ha hecho posible la civilización: la escritura, la tecnología, la educación, los derechos civiles, la democracia. Gran parte de lo que hoy apreciamos (o disfrutamos sin apreciar) es producto de la densidad urbana y su multiplicación de posibilidades de encuentro, intercambio y creación entre los seres humanos. Sin ella, no hubiera habido presión suficiente para extender la alfabetización y la educación pública ni hubieran evolucionado como lo han hecho los derechos laborales o la tecnología sanitaria.

ladensidad2Un autor imprescindible para los interesados en la gran experiencia humana que es la ciudad, Joel Kotkin, explica en su libro La ciudad: una historia global que «las ciudades condensan y desatan los impulsos creadores de la humanidad. Desde sus más remotos inicios, cuando solo una minúscula parte de los seres humanos vivía en ciudades, estas han sido los lugares que han generado la mayor parte del arte, la religión, la cultura, el comercio y la tecnología de la humanidad».

Civilización y ciudad son palabras emparentadas, por supuesto: ambas vienen de civitas, el término con que los romanos -los inventores de la primera metrópoli global, Roma- designaban no la ciudad física sino la comunidad de leyes, derechos, deberes y experiencias que ésta producía. Hemos hecho que las ciudades, en las últimas décadas y sobre todo en el continente americano, se extiendan como si huyeran de sí mismas, como si quisiéramos escapar de los demás, y hemos causado con eso un montón de nuevos problemas.

En la atribulada Caracas solemos decir que es mejor en Semana Santa o Carnaval, cuando tiene menos gente: que una urbe se aprecie más cuando está menos poblada dice mucho sobre cuánto ha fracasado como proyecto de convivencia humana. Felizmente, hay cada vez más presión y más conocimiento porque las ciudades mejoren siendo densas, no desperdigándose por el paisaje y cubriéndolo de autopistas llenas de gente encarcelada, voluntariamente, en sus vehículos. 

 



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