La espera

Te advertí por primera vez una tarde septembrina y ya no pude dejar de pensarte: ¿De dónde vienes? ¿A dónde te diriges? ¿Por qué te veo siempre al rayar la noche? ¿De dónde saliste que nunca antes habías pasado por mi puerta? ¿Por qué volteas cuando has avanzado más allá de la curva que limita la calle, a verificar si te sigo?

Todo en ti era descuido… tu pelo enmarañado, tu andar vertiginoso y a hurtadillas, como si alguien te siguiera, como si debieras huir… detrás de aquel desastre de apariencia, descubrí tu esencia.

Tu mirada penetrante y recelosa, desamparada y sumisa, amorosa y esquiva, la encontré otras veces en el camino, cómo negarlo, pero esa tarde tu mirada me cambió la vida, una vez más, para siempre.

Sin darme cuenta comencé a esperarte. Sabía que volverías. Lo sabía y lo esperaba. Siempre soñé a alguien como tú. Y es que el amor se intuye desde tiempos remotos. Está allí, esperando que alguien lo despierte, que un hecho furtivo lo invite a asomarse.

Me tomó días atraerte y que confiaras en mí, un mes para ser precisa Tuve que utilizar unas cuantas estrategias, porque aunque me mirabas y comenzabas a acercarte aún te escondías. Hacías tu aparición en la calle, esperabas algo, y volvías a irte, inasible y presente como el aire.

Imaginé las circunstancias de tu juventud. Quizás huías de alguien que te hizo daño. Tal vez escapaste de un lugar horrendo. ¿Tu condena era la calle? Hostil y desolada para quien anda solo, sin cobijo porque era claro que tú no tenías amparo. ¿Tendrías alguna enfermedad? ¿Será que si me acercaba un poco más… morderías? ¡El miedo se muestra detrás de tantos rostros! Dios, ¡cuántas preguntas puede inspirar alguien desconocido! ¡Y cuanto empeño en que dejaras de serlo!

En silencio desarrollamos un código para entendernos, antes que una palabra, un silbido advertía el momento del encuentro, el fin de la espera. El sonido antecedía aquel ir descubriendo tus gustos: las salchichas sobresalieron por encima de los otros platos que te ofrecí, apreciabas el agua fresca, lo comprobé, cuando al fin olisqueaste mi mano tendida que te ofrecía de beber. Perrita callejera y preñada… si no te rescataba ¿qué sería de tus cachorros? ¿Dónde te escondías que no podía descubrirte, aunque te siguiera?

greñas francisca feb2013Logré que durmieras en mi jardín algunas horas de algunas noches pero de madrugada un llamado de la naturaleza te hacía saltar la reja e irte nuevamente. Hasta que un día, guiada por el instinto animal contagiado, quizás por tu pedido de ayuda, di con tu escondite… Me enseñaste tus dientes con toda fiereza: ¡defendías tu madriguera!

Una vez más las salchichas vinieron en mi ayuda y entre dos pudimos trasladarte. Todos tus cachorros –ocho- nacieron a salvo, viven seguros; tú conmigo –mi “Greñas Francisca”- una vez callejera por descuido de alguien, nunca más por compromiso con tu vida y con la mía. Tu mirada penetrante y recelosa, desamparada y sumisa, amorosa y esquiva la sigo viendo en cada perro del camino, en cada animal “sin nombre”, en cada uno que busca un destino.

 



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