La familia que elegimos

Fuck.

Acabo de notar que llevo al menos dos minutos mirando fijamente a través de la ventana de este avión. Atardece sobre las nubes perfectas y tranquilas mientras mi mente ha logrado un estado catatónico de vacío. No pienso en nada, no se qué hora puede ser y sinceramente no me importa.

No importa absolutamente nada excepto esa extraña cosquilla de tristeza en la boca del estómago que escala por mi garganta. Creo que es justo y necesario que encuentre lo primero que pueda y comience a escribir.

Este verano ha sido, sin duda, el más ajetreado de mi vida y por ende, el mejor. Un verano familiar por así decirlo, aunque mis acompañantes no hayan tenido ninguna relación consanguínea conmigo. Personas que sin pensarlo o buscarlo hemos terminado conviviendo juntos por este tiempo de buen clima, días largos y árboles floreados. Personas que me han hecho pensar en esas familias que elegimos y que hacemos nuestras.

Nunca he solido ser una persona social (weón, mi féisbuc lo comprueba). Se me complica mucho el hecho de comenzar una conversación con alguien, y cuando logro una amistad, rápidamente olvido el contacto y comienza la distancia que termina en algún hola ocasional. Esta habilidad de ser la persona más torpe para interactuar me ha llevado a tener una vida con pocos amigos (pocos pero, pero, pero buenos) y aún menos relacioncillas amorosas.

Cuando entendí el problema en el que me había metido al decir ¡sí, verano en grupo! comencé a imaginar todo lo que podía salir mal hasta que grité internamente un por favor, Romina, cálmate y sé tú misma. Solo quedaba aventurarme y esperar lo mejor.

Una casa abarrotada de personas con edades y gustos diferentes, donde existió total libertad de ir y venir cuando uno quisiera, pero curiosamente nos juntábamos todas las noches y compartíamos por voluntad propia. Risas, conversaciones profundas, juegos, amor y cualquier tipo de sentimientos y opiniones bajo el mismo techo.

Lo maravilloso de las familias que escogemos es que el cariño y las ganas son reales. Estamos ahí cuando queremos estar porque al fin y al cabo nada nos obliga a hacerlo. Colaboramos, reímos y conversamos con toda la motivación y cariño que tenemos porque ellos son lo que hemos elegido y viceversa.

Sinceramente, son pocas la veces en las que me he sentido tan cómoda con tanta gente a mi alrededor. Sentí que pertenecía a un todo, donde mi voz era escuchada, pero donde podía tener mi tiempo a solas con total tranquilidad.

Quizás mi problema de socialización se ha debido a mi constante intento por hacer todo bien. Probablemente, mis nervios por ser agradable han terminado convirtiéndome en este ser que prefiere pasar el día viendo YouTube antes que salir a conocer gente, pero después de estos días he comprendido que quizás no esté sola y que, quizás, sí puedo pertenecer a un grupo.

A una familia que he elegido y que me ha elegido a mí también.

 

Love, R.



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