La flor de los siete colores

Desde hace tiempo el recuerdo de una comiquita japonesa ronda en mi mente. Como doy talleres con frecuencia y trato de enfocarlos con sentido lúdico, resulta normal que insista en la reivindicación del niño interno y utilice diversos ejemplos cotidianos para que los contenidos teóricos lleguen mejor a los participantes.

“Ángel, la niña de las flores” titularon la historieta por estos lares. Para resumir la trama, la niña debía conseguir una flor de siete colores, viaja más que su colega Marco y sufre al mejor estilo de una novela de Libertad Lamarque. Al final la bendita flor estaba en el jardín de su propia casa.

La cuestión es que he referido en varias oportunidades el argumento de la comiquita para explicar de manera sencilla que la búsqueda del sentido a muchas cosas de  nuestra vida está más cerca de lo que normalmente creemos.

Claro está, la idea de viajar por el mundo para encontrar un tesoro a casi nadie disgusta. Sin embargo, pensar que los dilemas se quedan en la casa es una ilusión. Un amigo psicólogo me dijo que uno viaja con sus problemas en las maletas, que es bueno tomar distancia pero siempre los llevaría a cuestas.

Lo importante a mi entender es embarcarse en la revisión de nuestros paradigmas, si incluye conocer el mundo mucho mejor. Habrá quien consiga la flor de los siete colores en su jardín y quien lo haga durante la travesía. En cualquier caso, hay que disfrutar las idas y venidas, así como aprender de las caídas mucho más que de los triunfos.

Ahora bien ¿qué tesoro quiere buscar usted?



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