La gratitud en las vacaciones

Actualmente estoy de vacaciones durante unas semanas con mi familia. Después de dos años sin tomarlas, es realmente revitalizador volver a reencontrarme con el mar y sentir el calor, la humedad y las maravillas de tener un sol radiante que me ofrezca una sensación tan gratificante.

Es fantástico sentir que tienes unos días para tomarte un break y asumir que puedes ralentizar tu día al máximo porque es tu derecho propio. Ya no es necesario correr, cumplir agendas, estar pendiente de buscar y traer a los niños, ni tampoco tienes que despertarte temprano para hacer una lista enorme de cosas —insignificantes muchas— que debemos terminar cabalmente. Ahora son tiempos de reflexión, diversión y distracción.

Con todo esto, también tocan momentos familiares que vivir. Y eso, particularmente me alegra muchísimo porque adoro ir a ver a la familia y a los amigos, compartir, conversar y ponernos al día. Claro, también con esto a uno le toca vivir experiencias que no pensarías sucederían entre personas que quieres, y que lamentablemente viven la vida con un toque más complicado. Y cuando ves que no quieren ayuda para enfrentar problemas reales, entonces simplemente aceptas humildemente lo que sucede, reconoces que has hecho lo máximo que has podido para ayudar y continúas. Además, reconoces que elegir el conflicto es la opción que han escogido para su propia evolución y tú no puedes alterar el orden de esto.

Esto es lo que me ha tocado vivir hoy: ser testigo de un volcán de emociones encontradas en plena erupción. Observé situaciones en las que tuve que poner mi corazón y mi cabeza alineados en amor e intervenir de manera sutil para solventar ciertos incordios que se generan entre dos personas y que una vez más —por falta de comunicación y comprensión— llegan al maltrato verbal sin a veces proponérselo. Aquí entonces, los que observamos desde afuera, tratamos que el barco no se hunda y se mantenga a flote.

Al final del día, cuando las lágrimas de los protagonistas fueron y vinieron, cuando ya la calma volvió al hogar, cuando ya lo peor pasó —aunque estoy segura de que no ha terminado— sentí algo muy profundo en mi alma.

Sentí un infinito sentimiento de gratitud como contadas veces he sentido antes, y cuando puse mi cabeza en la almohada, mi corazón latió con una serenidad indescriptible porque reconocí y agradecí como nunca, por toda mi paz mental.

De hecho, siendo honesta puedo decir que al ver el caos, la catástrofe, la crisis y la falta de paz en otros de una manera tan clara, hizo que reconociera mi propio estado de gracia.

Fue como si me quitaran un velo de los ojos y observara mi propia mente reconociendo, a la misma vez, lo afortunada que soy de tener una profunda paz mental.

Agradecí por:

  • Interpretar la vida de manera positiva, como un milagro perfecto para nutrir mi alma de sabiduría con cada experiencia que me toca vivir.
  • Tomar siempre la decisión que está alineada con mi corazón y no con lo que la mente me indica.
  • No hacerme historias mentales irreales y absurdas con las circunstancias de la vida.
  • Saber que cualquier cosa que suceda en mis días, aunque no sea como lo espere, tampoco será la peor de las situaciones que me ha tocado vivir.
  • Sentir con certeza que todo lo que pasa es para mi evolución y no por la mala suerte.
  • Saber que siempre todo lo que sucede —lo bueno y lo no tan bueno— pasará de largo. Porque la impermanencia de las cosas y la nuestra propia son las verdades más profundas de nuestra existencia. Desde que nacemos ya somos perecederos por ley divina al igual que las circunstancias.
  • Fluir con la vida y amoldarme a todas las situaciones que me ofrece.
  • No juzgar lo que el universo me programa, porque es simplemente perfecto. ¿Y sabes por qué lo sé y no lo cuestiono? Porque simplemente está
  • Darme cuenta de que otros pueden estar en peores circunstancias que yo. Y con esto no quiero decir que me conforme, sino que simplemente lo que pasó pudo ser peor y no lo fue.
  • Aceptar la ayuda de otros cuando la ofrecen.

Después de todo esto, sé que el aprendizaje que tuve al ver el caos en otros fue tan intenso que produjo una reacción interna en mi ser de reverencia y reflexión.

Me sentí de pronto tan liviana, tan ligera de equipaje mental, que nunca olvidaré cuán importante ha sido este día. A raíz de una situación tan singular que ni siquiera se veía venir y que se complicó por historias mentales, yo pude autoevaluarme y darme cuenta de mi propia circunstancia. Agradezco profundamente por esto.

Así que solo deseo que cada persona en su propia circunstancia —por complicada que esta parezca— trate de buscar constantemente la paz mental, que es la última de las libertades que jamás a un ser humano se le puede arrebatar.

Recibe todo lo mejor de este universo,

Alejandra Sieder.



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