La guanábana y mis hijos

La última vez que fui al mercado, encontré en una nevera de productos congelados un sobre con pulpa de fruta de guanábana. Había de otros sabores. Mango, coco, mamey, passion fruit como se le conoce en inglés a la parchita o maracuyá, mora y guayaba. Pero de todos, la guanábana fue mi elección única, por ser la menos vista y de las que más me gustan.

Como siempre, el sábado en la mañana, ya casi por hábito familiar, me dispuse a preparar el jugo que acompaña al desayuno. Vertí el sobre en la licuadora, hielo, leche, azúcar y agua. Modestia aparte, me quedó en su punto. Perfecto sabor, textura y espesor.

Cuando mis hijos probaron el jugo, se miraron a la cara y dijeron casi al unísono: rico papi, me gusta. Hicieron un silencio corto, y el menor se animó a decir primero que era el mejor jugo de coco que había probado en su vida. Mi hijo mayor, sonrió y como buen hermano lo increpó diciéndole: eres un tonto, ¿no te das cuenta que es jugo de banana?…

En ese momento discerní que mis hijos no han visto nunca en su vida una  planta de guanábana. Tal vez de parchita sí pero dudo que se acuerden. De mora ni pensarlo y seguramente sospechan que las bananas crecen en los supermercados. Es cierto, estoy exagerando pero al paso que vamos muy pronto habrá atracciones turísticas para ver una mata de guayaba y saber diferenciar entre una zanahoria sembrada y una papa…

Pero, ¿es realmente tan negativo este proceso de distanciamiento en lo natural?  Lo digo porque frente al asombro inicial, tampoco yo he visto una mata de duraznos o un manzano. Sin embargo, respeto la naturaleza y entiendo que la mejor manera de minimizar el impacto ambiental es consumiendo productos locales y mejor aún, orgánicos.

No debemos sorprendernos cuando nuestros hijos no sepan diferenciar entre una fruta u otra. Debemos enseñarlos y guiarlos. Hacerlos comprender que depende de la estación del año y las latitudes, las diferentes cosechas y llevarlos de vez en cuando a un mercado de calle y a una granja para que agarren la fruta, la huelan, la vean y después la prueben. Que sientan el olor a tierra. Que respeten el trabajo que existe detrás de cada producto puesto en su plato y agradezcan la bendición de nuestras tierras fértiles.

El sábado pasado, la fruta elegida para el desayuno fue el melón…¡No les quiero contar lo que dijeron mis hijos!

 



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