La hojarasca

Dos años tengo viviendo fuera de la ciudad. A cambio de otros placeres, decidí poder tener en mi patio árboles gigantes, perros, gallinas, gallos y pollitos, escuchar el río cuando ha llovido mucho, y un gran jardín a la espera de que lleve a cabo mi sueño de verlo florecido.

Como pueden suponer se aprende y se crece mucho, pero hoy quiero hablar de un aprendizaje específico -que ya venía develándoseme en mi vida de apartamento en el boulevard- pero acá, en el campo, se ha vuelto un aprendizaje irremediable.

Los árboles de pumalaca (fruta de origen asiático también conocida como manzana de agua, pomagás, manzana malaya) tienen sus ciclos. Durante algunos meses florean y las flores vierten delicados pétalos fucsia haciendo una alfombra de lujo al frente de mi casa, que no provoca pisar sino descalza. Otras épocas del año llueven pumalacas. No sabría decir cuántas caen al piso por minuto pero se vuelve algo muy normal escucharlas chocar duro contra el techo. Hay que hacer jugos y mermeladas, regalarle a los vecinos y rastrillar las millones que caen al piso mordisqueadas por los pájaros para que no se pudran. La «peor» época es cuando a estos dos gigantes les da por mudar TODAS sus hojas.

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Si pasan dos días sin rastrillar, el frente adquiere un aspecto hostil, sientes que puede haber alguna alimaña por ahí, la calle se ve sucia, los perros hacen desastres entre las hojas, los vecinos se quejan de que no paran de recoger las muchas hojas que salpican en sus patios. Sugieren la poda. Y si pasa una semana o dos sin rastrillar pueden imaginarlo ustedes mismos. No sólo hay que amontonar las hojas con el rastrillo, la peor parte es qué hacer con ellas. Se gasta un montón de dinero en comprar bolsas negras para meter todas las hojas -que siguen cayendo mientras tú las recoges- y amontonar las bolsas para que se las lleve el camión de la basura, porque el compostero colapsa si se meten allí y quemarlas hace una humareda que invade a los vecinos mucho más que las propias hojas. La disciplina debe ser implacable, y como no lo es, muy pronto deviene el caos.

Tanto como mi jardín, mi cuerpo y mi mente necesitan cuidado con ahínco. Y es por esto que anteriormente use comillas para la palabra «peor». No es realmente la peor época del año, aquella en que la naturaleza frente a mis ojos, día a día, me enseña a cuidarme a mí misma. Si me descuido, no solo se llenan los pies de callos, o engordo, eso no es realmente algo que me lleve a las tinieblas. Si me descuido, doy paso a pensamientos indeseados, que podrían o no llevarme al caos, dependiendo de cuántos días pase sin «rastrillar» mi mente. Si me descuido, se cuela la amargura en mi rutina y, lo que es peor, comienzo a sazonar a los míos con este sabor.

la-hojarasca2Si no vuelvo una y otra vez a refrescar mi intención de por qué hago las cosas, puede que se me olvide, me sienta perdida y me deprima. Por eso me gusta tanto eso de «permanecer como un siervo a la espera de su amo». El siervo no se descuida porque en cualquier momento llega el amo y es mejor recibirlo con el corazón rozagante.

No importa cuán grande sea el esfuerzo que dedique a embellecer mi jardín, siempre, constante, persistente, afanada y rítmicamente tengo que ir a sacarle las malas hierbas, ponerle vitaminas y cuidarlo de las plagas o las hormigas.

Por eso me siento a meditar, y cuando no lo hago a diario, tal como las hojas de mi jardín, empiezo a sentirme turbia y confundida. Por eso salgo a correr, a escalar, juego con las niñas prestándoles una atención cabal, me acuerdo de comer bonito, de llamar a mi mamá y decirle que la quiero, de sonreír a mi compañero, de estar conmigo.

Cualquiera que sea tu práctica, correr, cantar, escribir, solo tú sabes cuál es el camino hacia tu fuente y cómo despejarlo. Pero HAZLO, si te descuidas se hace difícil caminar entre la hojarasca y el trabajo se acumula allí, esperando por ti.



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