La importancia de perder

Hace pocas semanas mi esposa y yo fuimos citados a la guardería donde mi hijo está teniendo su primera experiencia escolar. Nos invitó su directora para hablar del comportamiento un tanto ansioso del pequeño. Lo que pintaba como una reunión de rutina terminó siendo una lección de vida, en la voz tranquila y certera de aquella mujer.

Nuestro varoncito de 3 años se come las uñas, se muerde el labio inferior hasta sangrar y se chupa los cuellos de las camisas. Algo le preocupa, algo le angustia, está tratando de buscarle respuesta a todo lo que su esponja, perdón, su cerebro, absorbe.

foto-inspirulina-1-1Tras preguntarnos muchas cosas sobre la relación de nosotros con el niño, sus costumbres, comidas, rutinas, hábitos, la experta nos fue llevando a otra dimensión. Dos puntos básicos fueron contundentes. El primero: también hay que enseñarlo a perder. El segundo: las cosas que preocupan a los adultos no tienen porque preocuparle a él.

Cuando la mujer me preguntó «¿Cuándo juegas con tu hijo le ganas de vez en cuando?» La cara se me descompuso, pues al caer en cuenta confirmé que mi hijo está invicto en todos los juegos que hemos tenido ambos en casi 4 años. Siempre he sido el villano y él, el héroe. Yo he sido el portero al que le han metido todos los goles, el torpe pirata mientras él es un avezado Peter Pan. Yo siempre el monstruo y él, Mario Bros. Jamás imaginé que perder era tan importante.

Debe aprender a perder porque en un mundo competitivo como éste no siempre ganará, siempre habrá alguien que no lo ame a rabiar como su madre y yo, siempre habrá alguien que lo despreciará por cualquier motivo. Además lo convertirá en un ser que practique la humildad frente a la arrogancia. Lo hará más seguro de sí mismo.

foto-inspirulina-2-1Pero ojo, no significa que hay que convertirlo en un perdedor. No. Sino en alguien que sabe perder y se prepara mejor para próximas competencias, esas que la vida nos pone a diario.

El otro punto fue llamado por la Directora del Kinder como «La Vida es Bella». Esa laureada película en la que el padre se esfuerza en presentar a su hijo una realidad distinta a la cruenta guerra que se vivía en la época y nada menos, trataba de pintar el horror del holocausto como un juego. Y es que en la Caracas de hoy en día, vamos en el auto con el niño en su silla especial ubicada el asiento trasero, hablando del peligro de los motorizados, del secuestro del vecino, del robo al banco donde siempre vamos, del asalto al centro comercial, del cáncer y la quimioterapia, del infarto y la incertidumbre. Muchas cosas negativas que, de alguna manera u otra, digieren e interpretan sus inocentes cabecitas.

Luego llegan a su escuela. Lloran, se muestran irritables y esquivos, dan patadas a las paredes, se muerden los labios, se comen las uñas, se chupan la camisa y nos preguntamos por qué. Definitivamente nadie nos preparó para ser padres, pero descubrirlo es la mejor experiencia que un ser humano pueda vivir.



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