La indejable

“Si me atrevo a volver a vivir en pareja aclararé que soy la indejable. No soportaría otro divorcio.” – lo dijo con tal nostalgia y determinación que podía reconstruir la película de su dolor en mi mente sin necesidad de detalles.

Lo increíble es que más avanzada la conversación afirmara que fue ella quien decidió separarse, entonces ¿cómo era que se sentía dejada?

– Dejó de quererme, dejó de admirarme, dejé de ser interesante para él. Cuando sentí eso, el dolor fue tan profundo y lloré tanto, que dudo que sea posible una lágrima más en mi vida. Por eso no tengo ganas de volver a involucrarme, a menos que quede claro que no puedo soportar que dejen de amarme-.

La vehemencia de sus palabras y el dolor de su mirada son tan contundentes que serían ideales para el momento cumbre de una novela de amor.

Pero ¿cómo vamos a pensar en una novela si esto pasó en la vida real? Pues porque, contrario a lo que se cree, las novelas –con más o menos truculencia- representan lo que le ocurre a la gente común y corriente.

Si primero fue la realidad y luego el melodrama o viceversa, a estas alturas ya no importa; lo que siento como una necesidad fundamental es buscar los caminos para no continuar perpetuando historias de amor y dolor que nos condicionan a hacerle daño a nuestra mujerabilidad.

Sueño que en algún momento hayamos logrado transformar a tal punto nuestras relaciones que la envidia, el engaño, la infidelidad y el odio pasen de moda; entonces los guionistas no encontrarán suficiente público para las novelas rosa y se dedicarán a contar las nuevas realidades: historias de amor concreto que construye, ese que disuelve el dolor y nos lleva a relaciones funcionales.

Sé que parece imposible, que muchos dirán que el ser humano necesita el drama –y las mujeres más-, pero si la máxima que reza que toda realidad actual, en un pasado cercano fue pensada, nos invito a pensar, soñar y co-crear una realidad que inspire historias de amor sin dolor.

 



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