La lentitud nos humaniza

La lentitud nos humaniza

“Lentitud es belleza” escribió la poeta peruana Blanca Varela, ¡cuánta verdad hay en este verso!

Desde siempre he sentido el exceso de velocidad que imprimimos a todo como uno de los grandes males de esto que llamamos progreso y vida moderna. Siempre andamos de carreras, sin darnos tiempo para vivir cada experiencia al ritmo natural y propio que ésta necesita o sin darnos el permiso para quedarnos sin hacer nada.

La velocidad y la productividad se han sobrevalorado, mientras que la lentitud ha sido estigmatizada. En nuestra sociedades exitistas se cree que andar más rápido y haciendo cosas sin parar nos vuelve más productivos, nos mantiene en el carril del logro y la ganancia, mientras que la lentitud es vinculada con fracaso, con atributo de bobos, flojos y perdedores. Casi nadie se detiene a preguntar ¿hacia dónde corro con tanta prisa?, ¿para qué?, ¿para llegar a dónde, exactamente?

Al ritmo de la aceleración propia de estos tiempos, entraban tweets a mi timeline una tarde de domingo, cuando pillé uno de Carl Honoré, periodista afincado en Londres, pionero del movimiento de la vida lenta y autor de “El elogio a la lentitud” y “Bajo Presión”. El tweet llevaba la leyenda siguiente: “¿Podemos aprender a frenar nuestras ajetreadas vidas y dedicar más tiempo a lo humano?” seguida de un enlace al video con la conferencia TED dictada por este mismo periodista y autor.

Se escuchan en la conferencia de Honoré reflexiones sustantivas sobre la calidad de vida, la salud y el bienestar de la humanidad. Además de explicar los perjuicios de correr, en lugar de vivir, Honoré habla de los beneficios de la vida lenta, la comida lenta, el sexo lento, la crianza lenta de los hijos y el trabajo realizado con calma. Nos cuenta cómo es que se nos dificulta desacelerar el ritmo de vida porque la velocidad nos hace segregar adrenalina y por lo tanto se torna adictiva, y dice que la velocidad se convierte en una forma de aislarnos de las preguntas más grandes y profundas: “Nos llenamos de distracciones, nos ocupamos, así no tenemos que preguntarnos, ¿estoy bien?, ¿estoy feliz?, ¿mis hijos están creciendo bien?…”.

Esto último quedó resonando y provocándome más preguntas: ¿nos hemos detenido a pensar que el tiempo de los niños es lento y acompasado con los ritmos naturales, en profundo contraste con los adultos contaminados por la prisa?, ¿estamos conscientes de cómo nuestras carreras diarias suponen un conflicto con el ritmo natural de la crianza?, ¿nos damos cuenta de cómo este conflicto entre nuestra velocidad y la lentitud de los niños puede acarrear maltrato, abandono, desamparo, falta de conexión y compromiso emocional o saturación de exigencias y demandas poco realistas e irrespetuosas hacia las necesidades de nuestros hijos?, ¿por qué no somos capaces de frenar nuestras carreras, bajar la velocidad y tomarnos el tiempo para conectar y acompasarnos al ritmo natural de la vida que es el mismo de nuestros pequeños?, ¿en qué momento permitimos que la necesidad de vivir a toda prisa se hiciera más fuerte que el amor que sentimos por ellos?

Dicen los tibetanos que cuando estamos en la mente vamos ofuscados por la prisa, pero cuando estamos en el corazón, que es donde siempre están los niños, nos acompasamos al ritmo del aquí y el ahora. ¿Te animas a dar el salto de la mente al corazón? Ahora es un buen momento.



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