La mala de la novela

Ella es de  esas mujeres enigmáticas, de quien nunca se sabe qué esperar. Una tarde comenzó a conversar con una amiga y luego de un largo compartir, con invitación a quedarse, paseos y mucha cordialidad amistosa, decidió decirle que había pasado una noche entera conversando con su novio, que se le había insinuado y que a la consabida pregunta de “¿cómo te va con mi amiga?” él le dijo: bien, pero tengo ganas de tener algo contigo. “Ahora que te conozco y hemos compartido más, comprendo que no te lo mereces y por eso te lo cuento”.

Es decir que si al conocerla más, ella hubiera considerado que se merecía el engaño del novio, entonces habría seguido el juego en silencio; si es que es verdad toda esta historia de la “amiga buena”.

Hace unos 20 años conocí la historia real de una mujer que descubrió que su esposo y su mejor amiga eran amantes y que lo habían sido por años. Eso sí, la amiga jamás le contó nada a ella y lo negó hasta que la verdad fue demasiado obvia para ocultarla.

El engaño es un monstruo con demasiadas cabezas y una de las más difíciles de enfrentar es la duda que siembra en la víctima, en quien afloran todas las inseguridades de una mujerabilidad poco fortalecida.

Saber quién dice la verdad no es lo importante, comprender las razones que llevan a una mujer a desear la relación de otra y, por consiguiente, buscar vías para destruirla, es algo que requiere de un proceso psicológico profundo.

Este tipo de novelas, que parece mentira conocerlas en persona y no a través de la pantalla, por lo general terminan en los mismos enredos melodramáticos de los guiones latinoamericanos, hasta que decidamos que es más importante la comunicación honesta, la claridad de una relación madura y las ganas de salir del melodrama, con la seguridad que solo una mujerabilidad fuerte y profunda nos puede dar.



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