La mala fama del dolor

La mala fama del dolor

El dolor tiene muy mala fama. No es que quiera venderles la idea de que el dolor es lo mejor que hay. Lejos de eso. Tampoco lo elijo como forma de aprender algo, a golpes. ¡Nada de eso! Pero tiene tan mala fama que cuando llega lo evitamos, lo disimulamos, lo pintamos de cualquier otro color que no sea el gris que trae puesto. Y al tratar de evitarlo se termina convirtiendo en nuestro asesino, porque nos persigue hasta vencernos. Porque si bien el dolor no mata, nos enferma y la enfermedad sí que nos mata. Nos entristece, nos pone tensos, nos deja cubiertos de miedo. Y el miedo, si que mata. Nos mata y mata a todo lo que se cruza en su camino.

Por eso, hoy quiero contarles una historia diferente del dolor. Quizás la versión más real que hayamos escuchado. Y por eso, porque la verdad nos libera, esta historia nos permitirá ir liberando el dolor que quizás, hasta nos ha enfermado o nos tiene presos.

La otra historia del dolor tiene dos partes. La primera dice que el dolor se siente mal, pero al final nos hace bien. Por lo que en lugar de evitarlo, deberíamos entenderlo y usarlo a nuestro favor. Quizás hasta agradecerle que llegó. La segunda parte, que es la menos lógica, dice que para que se vaya, tenemos que dejarlo entrar. Que si lo evitamos, crece. Que si lo abrazamos, desaparece.

Aquí lo primero. El dolor llega cuando una parte de nosotros está en peligro. En el cuerpo, el dolor aparece para avisarnos cuando algo no anda bien. Cuando nos intoxicamos o nos hemos golpeado y esa parte, la que duele, necesita atención. Lo mismo pasa en nuestra vida. Cuando alguna parte nos duele es el aviso que hay una decisión que no está colaborando con nuestro propósito. Donde duele, allí debemos seguramente tomar una nueva decisión, porque la que hemos tomado, la razón por la que nos duele, no está llevándonos a buen camino. Literalmente, nos está enfermando.

Lo segundo es que si lo evito, crece.

El dolor se manifiesta en las emociones, pero su contenido es energía. Si no la proceso, se queda y pesa cada vez más. Por eso, cuando evito el dolor, generalmente me espera hasta que me descuide, en una noche antes de dormir o en medio de una conversación y aparece…! Pero si lo recibo cuando llega, le dedico unos minutos para sentirlo, le doy un espacio para que florezca y lo siento abiertamente, con la libertad de permitirme esa emoción, esa energía que carga se diluye. Porque toda energía pasa…si la dejo pasar. Incluyendo la del dolor.

Por eso, cuando regrese, no nos sigamos contando la historia de siempre. No le temamos al dolor. Abracémoslo como al amigo al que no nos encanta recibir, pero que solamente abriéndole la puerta y dedicándole atención, decidirá seguir su viaje.



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