La paradoja de las leyes de la vida

La paradoja de las leyes de la vida

“Los caradeformes” los llama Casciari, el escritor que tiene una columna en el popular programa Perros de la Calle, de Andy Kusnetzoff. Y así define a todos los niños que se transforman en adultos.

“Las caras adultas de nenes de hace 30 años no crecen con normalidad”, dice y menciona el ejemplo de un ex compañero de escuela que encontró en las ramblas de Barcelona. “Son caras que se agigantan de un modo deforme”, “monstruos peligrosos que vuelven malheridos del patio del recreo”, sentencia con desprecio.

Por supuesto que Casciari se refiere al paso del tiempo. Considera que los años ejercen un efecto nefasto en nuestros rostros y nos hacen ser otros, anómalos y casi alienígenas. Como todo artista, enfatiza con dramatismo algo ordinario y cotidiano la realidad de la impermanencia en nuestras vidas. Es que es tan doloroso envejecer, asumirnos adultos, en camino inexorable a la ancianidad. ¡Cuánta fortaleza se necesita para aceptarlo verdaderamente!

Asumir las reglas de un juego

Cuando uno aprende a jugar a algo nuevo, aprende nuevas reglas. El caballo en el ajedrez puede avanzar tres casilleros y sólo hay dos posibilidades dentro de su repertorio. No más. Desconocerlo implica no poder competir dentro de las reglas.

Nadie osaría desafiar las reglas de un juego, en todo caso se trataría de crear uno nuevo, con otro nombre quizás.

Llevando esta metáfora del juego a la vida podemos asimilar las reglas a las leyes que nos gobiernan, leyes a las cuales tenemos que someternos y aceptar inevitablemente. El envejecer de Casciari, el estar expuestos a cambios, a no poder controlar todo, los fenómenos naturales, los fenómenos de la mente y tanto más que experimentamos diariamente regulan nuestro destino. ¿Por qué nos cuesta tanto convivir con todo esto?¿por qué nos produce tanto sufrimiento el incluirnos en los procesos que se desenvuelven a su ritmo, a su tiempo?

Leyes que traspasamos

Pero hay leyes que podemos transgredir y que tienen que ver con procesos más silenciosos y gobernables. La ley de procesar una experiencia difícil en nuestra vida nos dice que debemos darnos el tiempo necesario para sufrir, pasarla mal, llorar, padecer hasta que el dolor nos vaya dejando y podamos rehacernos.

La ley de hacer las cosas en los tiempos que ameritan, desde leer un libro hasta darse una ducha o tomar el desayuno, la ley de conocer a alguien a través de momentos en el tiempo y no en un instante, la de tener familiares agradables y otros más hostiles, todo eso requiere de una capacidad de reconocimiento y aceptación que podemos cultivar.

También podemos saltear procesos, acelerarlos, boicotearlos y vivir como vivimos, como guerrilleros de la vida. Así patologizamos nuestro cuerpo, tensionando nuestros músculos y forzando nuestros órganos para hacer, hacer y hacer.

Si no entramos en procesos naturales, en el modo de ser, si no aceptamos el juego de la vida y jugamos dentro de sus leyes, en sintonía con los tiempos y procesos que conlleva, difícilmente podamos emerger como seres humanos completos. Que es lo que verdaderamente somos cuando dejamos a la naturaleza fluir.



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