La perpetradora al acecho

Es autosuficiente, en ocasiones ultra elegante al vestir o tal vez demasiado práctica, es la súper mujer encarnada, todo lo sabe, todo lo intuye, puede tener las cuatro hornillas de la cocina prendidas, los niños muy bien atendidos, si es que acaso se decidió a tenerlos, claro; y manejar con entrega aquel cargo supervisorio para el que se esforzó, todo al mismo tiempo.

Ella lo puede todo, o eso pretende, y por supuesto en esta perfecta vida plena de independencia, el hombre que la acompañe debe ser tan perfecto o más perfecto que ella. Porque para mujeres con conductas de «no necesito al hombre para seguir adelante, yo puedo sola» la pareja más que un compañero podría significar «una carga». ¿Para qué amargarse la existencia atendiéndole si yo puedo mantenerme? ya no eres mi «proveedor». No hay una visión real de lo que es vivir en pareja, de compartir en armonía roles profesionales, domésticos, de conocer las esencias de cada quien.

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Hay distorsión de los roles de acuerdo a viejos patrones impuestos por la sociedad. Las mujeres se han ido incorporando al mundo del trabajo y las parejas se ven a menudo atrapados en la rutina preguntándose ¿será que los hombres buscan a mujeres que ya no existen y las mujeres a hombres que no han nacido?

¿Qué hay detrás de conductas en desequilibrio de una mujer que no reconoce la esencia de su pareja? En realidad lo que la «perpetradora» esconde es un profundo dolor hacia el hombre, hacia los hombres de su sistema familiar o ancestral, y por tanto su propia pareja interna está en desequilibrio. Cada uno de nosotros tiene dos esencias, femenina con la información de todas las mujeres de nuestro sistema familiar y la masculina con la información de todos los hombres de la familia, con lo que percibimos, aprendimos y heredamos. Cuando estamos molestos una de las esencias predomina o está anulada y así lo proyectamos también en el otro.

La perpetradora está dolida y molesta con el hombre, no lo reconoce, lo irrespeta o atrae a parejas que ratifiquen su teoría de que hay que minimizarles por lo mal que las tratan o trataron a alguien de la familia.

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La única forma de comenzar un movimiento de desmontaje de la «perpetradora» es sanando sus propios dolores con sus figuras paternas o los hombres de su sistema. En un principio negará abiertamente su dolor, los culpables son «ellos», «por siglos y siglos anulándonos», llevan ese dolor en memoria celular y cualquier atisbo de vulnerabilidad podría significar una pérdida de dignidad que no debe confundirse con el Amor ciego: «Antes era perpetradora y ahora víctima», ni una conducta ni la otra. Se trata de revisar viejas heridas, auto observarse, ver en realidad que ocasiona aquella molestia que no acaba. «Nunca estamos disgustados por la razones que creemos», se lee en el curso de milagros.

La perpetradora tiene miedo a mostrarse frágil, a que se caigan sus corazas, a reconocer la belleza del alma del hombre y el hombre también tiene miedo de mostrarse. Por ello vemos tantos desequilibrios en las relaciones actualmente. Un porcentaje alto se defiende del otro y no se reconoce, alejando la posibilidad de concretar una relación real y en libertad, entendiendo que cada uno tiene fortalezas, que cada esencia es distinta y merece respeto. Hombres y mujeres son seres maravillosos lo que debemos sanar son las conductas tóxicas y regresar a la complementariedad, a las razones que nos unen y no aquellas que ancestral e históricamente nos han alejado.perpetradora3

La manera más hermosa que nos fue dada fue la vivencia en pareja, nos aporta crecimiento, evolución, el otro nos muestra nuestras luces, nuestras sombras, es una escuela profunda llena de retos y también de bendiciones cuando estamos conscientes de nuestras creencias y nos hacemos responsables de nuestras conductas.



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