La pesadilla de la rutina: amar es una rutina que no debe parecerlo

La pesadilla de la rutina: amar es una rutina que no debe parecerlo

Vivir situaciones repetidas puede acostumbrarnos a ellas, incluso si no son generadoras de bienestar. Tal como la parábola de la rana que al ser sometida a una olla de agua a la que se le va subiendo progresivamente la temperatura terminará muriendo porque no notó un cambio abrupto que le permitiera reaccionar a tiempo, algo similar puede ocurrir a nivel de la pareja, la sombra de la rutina se va instalando de forma gradual sin que ninguno de los dos haga nada al respecto.

Cuando se pasan por alto ciertas conductas o situaciones tóxicas en la pareja suele ocurrir algo similar, y desde allí se va pasando la vida. Un buen día, por ejemplo, descubrimos que esa cama, donde conversábamos o expresábamos nuestro amor, se convierte en un lugar para revisar nuestro celular ignorando a quien tenemos al lado, o descubrimos que iniciamos el día prácticamente sin un abrazo o una frase amorosa porque vamos apurados para el trabajo.

Esta rutina hace entrada ante la indiferencia de los miembros de la pareja donde ninguno suministra el alerta sobre las consecuencias de mantenerla en el tiempo y allí, al cabo de un rato nos atrapa. Lo que antes era motivo de risas, de expresiones de amor, termina dándose por sentado.

Las preocupaciones económicas, los conflictos en la oficina o el cansancio, el tráfico, las ocupaciones con los niños, entre otros aspectos, parecieran apodarse de la vida dejando de lado los aspectos vinculados con la relación propiamente dicha, como si ya no hubiera tiempo para ella.

Además, muchas veces, el panorama se torna aún más desalentador porque es precisamente la pareja el receptor de todas esas frustraciones aunque nada tenga que ver con ella, contaminando así lo positivo del amor.

Se dice que “no nos aburrimos por no tener nada en común, sino cuando somos comunes”. Cuando ya no hacemos nada diferente y nuestros días parecen una grabación donde se repite en forma robótica lo hecho anteriormente, donde la pasión pareciera haber desaparecido, entonces, viene el hastío y el sobrevivir porque desde esta perspectiva no podemos hablar de vida, sino de supervivencia.

Es decir, cuando no hacemos nada diferente, cuando no inyectamos nada de pasión en lo que hacemos y vivimos, las conversaciones son sustituidas por la televisión, el salir juntos pareciera una utopía, el silencio toma posesión, vistiéndose de indiferencia.

¿Esto quiere decir que la rutina es mala?

La respuesta es no. De hecho, hay rutinas que la pareja establece que suelen ser alimento para el amor, como conversar diariamente sobre lo sucedido en el día, planificar salidas el fin de semana, sentarse a comer juntos, enviar un mensaje en el almuerzo, y otras rutinas por el estilo que hacen que la convivencia sea dulce.

Lo nocivo no es la rutina en sí, sino la forma en que se instala en nuestra vida de pareja. Tan sencillo como entender que aquellas que suman intimidad son favorables y necesarias, mientras que las que traen toxicidad deben atacarse a la brevedad antes de que se instalen.

Son estas rutinas que se transforman en rituales las que deben prevalecer para así poder hablar que amar es una rutina que no debe parecerlo.

Imagen de Pexels en Pixabay



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