La primavera, un tiempo para despertar la conciencia plena

La primavera, un tiempo para despertar la conciencia plena

Carloncho toma una pelota que Nano le pateó con fuerza, con algo de malicia. Del otro lado, sentado sobre la hierba del patio del vecino, Ojito, que no para de lanzar con gran destreza pequeñas escupidas en forma de puntitos blancos, se ríe de la ventaja física que tiene el arquero al ser dotado de manos tan grandes. Manolo ironizará si esa virtud será extensible, como el rezo popular declara, a la genitalidad. Chanchito, su hermano Coqui, mi hermano Chelo, el Cheto, Piquito en su motoneta y algún otro ocasional visitante reirán disfrutando la cargada. Es primavera en Córdoba: por fin volvimos a sacar las remeras y la ropa de verano para empezar a probarla en nuestros cuerpos cambiantes de púberes. Llega Gustavo “el nono”, la cara de su abuelo, y junto con Leo preguntan si vamos a ir a la bailanta en el Parque Sarmiento por la noche. “En una de esas”, dice ‘el Flaco’ Piripey.

Otra primavera de unos años después me encontrará en el campo de Piripipí (Walter), en las afueras de nuestra ciudad, acompañado de todo el curso del secundario, explorando conductas de adultos y comiéndonos las tortas que las chicas con tanto esmero habían preparado. La quinta, los animales y el polvo de las corridas con alguna bebida haciendo efervescencia en nuestro cuerpo completan la pintura de ese 21 de septiembre glorioso.

Más acá en el tiempo, primavera con mi familia en Rancul (La Pampa), visitando el balneario donde todo el pueblo se da cita, escuchando el griterío de cientos de almas entusiasmadas y esquivando el humo de las parrillas endiabladas. Mis pequeños ya no tan pequeños observando con curiosidad, intentando contener la emoción en sus cuerpitos mientras una pelota de vóley cae amenazante y despeina a Carolina.

Primavera, ah la primavera…tiempo de tibieza y desparpajo, de expansión y de hormonas descaradas. Tiempo de renacer, de brotar, de dar a luz nuevos sueños, nuevos caminos.

Primavera de la conciencia

Despertar a la conciencia plena es algo que no necesita tiempo, puede ocurrir en cualquier instante, en cualquier lugar. Pero en la mansa calidez primaveral, al amparo del resurgir vegetal y el impulso vital, cuánto más fácil. Sólo hay que mirar. Sólo hay que tener tiempo para poder atender, detener el parloteo interno de nuestra mente y abrir otra vía, la de las vísceras y los sentidos, para conectar. Todo está allí, esperando ser descubierto, saboreado. Una mente de principiante que se sorprende, que se permite renovar la mirada, lo puede captar. No importa cuántas primaveras hayas experimentado, cuántos días y sus respectivas noches hayas marchado por este mundo, todo sigue ahí, esperando la disposición de tu espíritu.

Y si primavera es el sol más tibio, los días más largos y brillantes, los brotes más verdes, la sonrisa y el amor más exuberantes, también es mente limpia, abierta, receptiva como la tierra sedienta. Mente que necesita ser apuntalada por tu disposición espiritual, tu sentido de presencia en este universo, en esta coordenada exacta de tiempo y espacio. Y si nada de eso aparece, ningún ciclo se renueva, ningún proceso se pone en marcha y la lenta cinta del automatismo marcha al mismo ritmo, por los mismos lugares y con el mismo resultado: pasar el tiempo.

Ojalá no duermas en ese invierno de negligencia, de distracción, de repliegue egoísta que te impide superar nuestra sensación original de separatividad y conectarnos.

Por eso: ¡prohibido no despertar en primavera!



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