La quietud

La casa, el trabajo, la inseguridad, la economía, las relaciones, el planeta, la tristeza, las inseguridades personales, los proyectos inconclusos, el futuro, el aspecto físico, las expectativas, los deseos…

Mucho es lo que se nos pasa por la cabeza y que nos preocupa. Ante este escenario, lo mejor es detenerse.

Hacer una pausa. Buscar la quietud.

La propulsión de ideas y pensamientos hace que nos perdamos, que no profundicemos, que nos cuestionemos más de lo debido: “¿cómo empezar?, ¿qué arreglar primero?”.

Los problemas allá afuera son muchos, claro está. Pero debemos tener algo claro: nuestra mente es poderosa. El cerebro es el motor de todo lo que está fuera de nosotros, de cómo lo vemos y de cómo nos relacionamos con ello.

Mantener la mente quieta.

Meditar. Es. Necesario.

En estos casos, sentarse a ver cómo pasan nuestros pensamientos por delante de nosotros, como simples espectadores, puede darnos una dimensión real de lo que llamamos “problemas”. Los problemas existen, y podemos moldear nuestra respuesta ante ellos. Aquí va:

5 segundos inhalando.

Retener calmadamente el aire 5 segundos.

Exhala durante 5 segundos.

Espera 5 segundos antes de volver a inhalar.

Y repite varias veces, durante un minuto o tres, para empezar.

Concentrándote solamente en la cuenta. 5 segundos. 5 segundos. 5 segundos. 5 segundos.

Por ahí se asomará la tristeza, el dolor, el estrés o la rabia: sigue contando, que tan pronto como llegan se pueden ir.

Con el tiempo irás descubriendo que es más fácil concentrarse. Así podrás ir ampliando el rango y no sólo enfocarte en esos pocos minutos de respiración profunda, sino cómo estructurar tu tiempo, tus emociones, cómo limpiarlas.

No pienses más. Palabras de Francisco de Asís: “Allí donde reinan la quietud y la meditación, no hay lugar para las preocupaciones ni para la disipación”.



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