La rabia, una de las emociones menos aceptadas

La rabia, es una de las emociones menos aceptadas socialmente. Sin embargo tiene la función de protegernos contra daños y agresiones externas. La desnaturalización de esta emoción se observa cuando inhibimos, reprimimos o ignoramos a un niño o adolescente que expresa disconformidad, transmitiéndole así el mensaje de que no tiene derecho a sentirse molesto. Es decir, «cualquiera puede abusar de ti y te tienes que callar».

La rabia nos conecta con la necesidad de defendernos de agresiones exteriores a través de la fuerza. La agresividad es una respuesta adaptativa de supervivencia, para lograr la autoafirmación o la defensa del propio espacio vital. Reprimirla, negarla o inhibirla provoca indefensión aprendida, pérdida de la brújula interior, desconexión de las propias pulsiones del cuerpo y sus necesidades.

La psicóloga experta en prevención infantojuvenil, Yolanda González, matiza que una cosa es la rabia y manifestarla a través de una expresión puntual como el enojo o la agresividad frente a una amenaza y otra cosa distinta es la destructividad, la cual responde a una conducta habitual de daño a otra persona o ser indefenso, sin que haya incluso ningún conflicto.

Negar, inhibir o reprimir las emociones causa interferencias en nuestro balance vital y en el desarrollo de los niños a nuestro cargo. ¿Qué hacer entonces? Comenzar por aceptar que no existen emociones buenas o malas. Todas son inherentes a nuestra naturaleza humana. Todas tienen una razón de ser y responden a una necesidad. Lo importante sobre las emociones es aprender a reconocerlas, aceptarlas, y hacernos responsables de aquello que sentimos y de cómo lo expresamos, intentando en lo posible no dañarnos ni dañar a los demás.

Sin educación emocional, no hay cultura ni academia que nos saque de las sombras.



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