La soledad y sus increíbles matices

Hay quienes le temen a la soledad más que a los monstruos que habitan bajo la cama. Y hay quienes se acostumbran tanto a la soledad que olvidan lo divertidos que pueden llegar a ser. Como ya sabemos ningún extremo es bueno. Es complejo abordar este tema. Siento que mantener el equilibrio de este aspecto, puede resultar una de las tareas más difíciles de la vida, que además se experimenta a diario, nunca termina.

Anoche durante una cena con unas amigas conversábamos sobre cómo te acostumbras a vivir rodeado de personas, mientras que cuando te mudas a una ciudad donde no tienes a tu familia ni a tus amigos de toda la vida cerca, te encuentras con un momento en el que los cambios y el encuentro contigo mismo se abre como una avasallante puerta de par en par.

Hablamos de ese lugar común que habita en muchos de nosotros: Comer solo, toda una temática. En mi caso, hace un tiempo que aprendí a disfrutar de una cena en soledad, cosa que en algún momento me llegó a causar tristeza, sensación de abandono. Llegué a preguntarme en diversas ocasiones, ¿por qué estaba tan sola que no tenía una pareja?, ¿qué existía de malo en mí?, ¿qué estaba haciendo mal? Múltiples preguntas existenciales que sólo me hacían evadir el tema de por qué no me gustaba estar sola y tenía que desbordarme de ruido.

soledad-maticesNecesitaba sentir el televisor prendido para dormir, apenas me levantaba ya tenía planes, siempre había una amiga o un amigo con quien hacer algo, los lunes eran de cine, los martes de yoga, los miércoles de fotografía, los jueves noche de mujeres, los viernes rumba, los sábados subir al Ávila y hacer algo en la noche con los panas, los domingos a la cota mil y la familia, y así semana a semana se repetía la rutina, lo importante era estar siempre con una agenda tan ocupada que el último por escuchar era uno mismo.

A partir de mi acercamiento con la filosofía budista empezó la dura tarea de aproximarme a la soledad o más bien a conectarme conmigo misma, encontrarme en el espejo y tratar de verme a mí sin ningún tipo de adorno.

Sin darme cuenta y sin estar consciente emprendí el largo viaje que me llevaría a encontrarme conmigo misma, de manera inevitable. Fue cuando en medio de sentirme acompañada, apoyada, amada y respetada, decidí irme de Venezuela a Colombia, con el fin de vivir en mi ciudad natal y encontrarme con mis raíces, mi familia y «mis costumbres». Después de vivir doce años en Caracas y por fin haber logrado núcleos de amigos, reconocimiento académico y laboral y una buena relación con mi madre y de sentir que había encontrado herramientas emocionales que me hacían sentir capaz de iniciar una nueva etapa: empaqué y partí a Bogotá.

Allí vino el duelo, el inevitable dolor que se vive cuando pasas de la compañía por un puente directo a la soledad. Una que tiene dos fuertes matices, la que nos hace sentir solitario, no deseado, no querido, y la otra cara de la moneda, la increíble felicidad de sentirte pleno contigo mismo sin necesidad de nada más.

El camino a la plenitud de la soledad es uno de los más valientes que puede emprender un ser humano. En Bogotá no me hallé, mi búsqueda interna necesitaba desapegarse de muchas cosas más, alejarme de todo, en ese momento pensaba que buscaba una pareja, tener amigos de nuevo como los de Caracas, mi ciudad de afectos, tener un grupo de «panas» con los que me sintiera parte de algo, los tuve mientras estuve en mi ciudad natal, pero no podía percibirlos claramente, porque aún no había aprendido a estar conmigo misma. Así fue como me marché con un chico a Ecuador por un par de días, sin saber que cada vez estaba más cerca de mí misma.

soledad1-maticesEn Ecuador, las cosas no salieron muy bien con el chico y los amigos. Fue cuando tomé una de las decisiones más trascendentales de mi historia: decidí partir a un viaje por Latinoamérica completamente sola, ese fue el gran paso para encontrarme y conocerme, descubrir una carolina que se había dibujado siempre en bocetos y yo misma no dejaba que se coloreara sin ponerle reglas y llenarla de cosas innecesarias.

Es particular, cuando viajas sola, son muy pocos los momentos en los que el mundo alrededor te permite estar en verdadera soledad, el camino se llena de compañeros de viaje, como la vida misma, en un autobús te sientas junto a alguien que hace parte de tu historia, y si atraviesas una experiencia de aprendizaje con esa persona, probablemente en la próxima estación uno de los dos se baje, pero siempre te acompañará su energía.

En la ruta al sur, aprendí a dejar salir esa persona interior que había intentado tapar durante muchos años, a sentirme libre, a desapegarme hasta del concepto preconcebido que tenía de mi misma, a sentarme frente a un paisaje inolvidable y tomarme una foto yo misma porque no había nadie a kilómetros de distancia, a cantar a todo pulmón, a reírme de mi misma, a abrazarme y consolarme en momentos en los que me sentía perdida, a llorar lo que no había querido llorar en muchos años. Empecé a enamorarme de Carolita.

Finalmente llegué a mi estación actual, Buenos Aires donde tuve que empezar de cero, y después de pasar por diversos procesos, vino otra etapa: la que yo llamo el lado oscuro de la soledad. Y es que como dije al inicio, ningún extremo es bueno, había aprendido tanto a estar conmigo misma, que me sumergía en mis pensamientos.

Poco a poco me fui convirtiendo en una intolerante de los demás, me empezó a costar estar con otras personas, sentirme parte de algo, prefería estar sola en mi casa, leyendo, cocinando para mí, salir en la bicicleta a sentarme en un parque con mis pensamientos, busqué un empleo en el que me alejaba de las personas y convivía lo mínimo posible con el resto de los mortales; cuando uno empieza a presentar este tipo de conductas creo que hay que estar atento a la soledad letal, esa que no te permite compartir, ni abrir tu corazón, porque estás «tan bien contigo mismo» que no necesitas nada más, terminas aislándote y alienándote de la vida.

soledad-matices2«Ojito ahí». Hace unas semanas llegó un amigo a casa, a quedarse por una temporada, y se inició un ciclo de convivencia, para el que pensé no estar preparada, pero sí, es rico sentir que hay alguien más con quien puedes compartir, debatir, observar sus costumbres y lo diferentes que podemos llegar a ser, la riqueza que reside en ello, el equilibrio, poder compartir con alguien y también caminar solo por horas, cenar con amigos y disfrutarlo tanto como un desayuno espectacular para ti misma, sentir el abrazo del otro y disfrutar de un día para ti… en fin, ir y venir, sonreírte al espejo, sentirte orgulloso de ti mismo, entender que tu felicidad no reside en el otro, pero que tampoco se encuentra en estar aislado de todo, por lo menos desde mi punto de vista, es una opinión de una experiencia personal, no creo que existan verdades absolutas. Sólo sé que estoy agradecida con la vida, porque sé estar días en soledad, porque aprendí a conversar con la que habita en mí y la voy conociendo cada vez más y descubro cosas en ella que me hacen alucinar de felicidad, así como de las personas que me rodean, cada vez son más encuentros positivos con la vida los que tengo, y mientras más conozco mi propio corazón siento que más puedo abrirlo para darle la bienvenida a nuevas personas, sin temor a diluirme en ellas y mucho menos a perderme sin ellas.

Cuando pienso en la soledad viene a mi cabeza la historia de In to the Wild, basada en la vida de Christopher McCandless, un joven que decide alejarse de la sociedad y emprende un camino hacia las rutas salvajes de Alaska, durante su trayecto va encontrando diversas pruebas y conociendo personas maravillosas. Él cruza los extremos, literalmente. La conclusión final de esa historia reside en una frase que se quedó en mi memoria: «La felicidad sólo es real cuando es compartida». Y sí, si aprendes a compartir contigo mismo e ir surfeando con la vida, lo más seguro es que sepas estar solo y aprendas a estar acompañado sanamente por el otro. Así que no tengas miedo de encontrarte contigo mismo que lo más probable es que descubras a tu mejor amigo quien a su vez atraerá el maravilloso encuentro de otros grandes compañeros de vida.

 



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