La tarea

El mayor desafío de nuestra existencia en este plano es recordar que somos energía, energía que jamás muere, sólo puede transformarse. La tarea, es identificar lo denso que sostenemos en cada pensamiento, emoción, sentimientos, ya que de paso por desconocimiento, nos apegamos a vivir sintonizados en estas formas de miedo, aunque naturalmente, de forma inconsciente.

La única y posible transformación es llevar todo esto que finalmente se traduce en conflicto a la paz, sólo así, nos sintonizamos con el amor incondicional, nuestra esencia divina.

El que no estemos sintonizados con el amor incondicional es resultado de una herencia con diferentes condicionamientos que nos alejan de nuestra tarea de ser, crecer, evolucionar,  transformarnos y trascender. Pues en base a nuestras creencias, creamos nuestra realidad.

Condicionamos el amor a nosotros mismos y con la misma facilidad condicionamos el amor que damos y el amor que recibimos. “Creer” ya no es un asunto religioso, es una tarea por descubrir, cada cual a su manera.

Ser conscientes de nuestras creencias si nos limitan o impulsan en todos y cada uno de  nuestros “roles”, llega un momento que es la única opción posible. Todo sufrimiento proviene de aquello que nos limita, y es que en el fondo No creemos en nosotros mismos, ni en quienes nos rodean, aun cuando nos vemos al espejo  a diario y vemos a otros allí, justo al lado nuestro. Si esto es así, que podemos esperar de aquello que no alcanzamos a ver con nuestros limitados ojos físicos?

Seamos más compasivos con nosotros mismos y con otros, porque si tenemos el valor de asumir esta gran verdad, daremos un paso adelante, muy conscientes, de que podemos hacerlo diferente. Y me refiero a que posiblemente no podamos ver a Dios, y ser complacidos con la teoría que logre resolver todas las interrogantes que surjan del tema, no importa el camino, pero llegar a Él.

Podemos empezar reconociendo, que estamos tan alejados de Dios, como alejados de nosotros mismos. Hacemos contacto con Él sintiendo la energía del amor incondicional, en nuestro corazón y resolviendo lo que una vez nos separó de Él y de nosotros mismos.

Es un Padre amoroso, misericordioso y el tiempo que nos esclaviza a nosotros, para Él no existe, sabe esperarnos. Sólo su fuerza, su amor, nos brinda verdadera felicidad. Pero si el miedo sigue allí, entonces lo reconocemos con aceptación y rendición para que la entrega sea a diario, en cada pensamiento, palabra y acción, acompañada de energías elevadas, que además nos sirvan de guía en la realización de nuestra tarea o propósito de recordar que somos seres espirituales experimentando como humanos.



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