La teoría de la ventana rota

En los años 80, había unos 2.000 homicidios por año en la ciudad de Nueva York y su sistema de transporte subterráneo, el subway, estaba sumido en el caos, con incendios casi a diario, descarrilamientos frecuentes, retrasos permanentes, un intenso vandalismo y un montón de gente saltándose los torniquetes para usar el Metro sin pagar.

El sistema estaba sucio, brindaba un servicio de pésima calidad y era más un escenario para la indigencia y el delito (y un tema para el abundante cine de denuncia de los 70 y 80) que una solución para la ciudad. Cada uno de los 6.000 vagones que tenía el subway en 1984 estaba cubierto de graffitti.

Había una epidemia de crimen en Nueva York y el subway era reflejo del estado en que el que estaba la metrópolis. Hasta que en 1990 la criminalidad subió a los mayores niveles en décadas y justo después comenzó a decaer rápidamente. Para finales de la última década del siglo XX, los asesinatos en “la capital del mundo” habían descendido en 75% y en la misma proporción lo hicieron los delitos en el subway. ¿Cómo lo lograron?

ventana-rotaPues con medidas caracterizadas por la inteligencia, la baja violencia policial y la transformación del entorno urbano, algo que comenzó bajo tierra y luego se extendió por la superficie, y que popularizó la llamada teoría de la ventana rota.

Dos criminólogos, James Q. Wilson y George Kelling, llegaron a la conclusión de que el abandono del paisaje citadino, el ambiente de anarquía y deterioro físico que produce el mal gobierno de una ciudad, inducen a que más gente cometa crímenes: si en una calle una ventana se rompe y nadie la repara, muchos de los que pasen por ahí asumirán que nadie está a cargo, que nadie es responsable de que las cosas estén en orden, y que un hurto o algo peor pueden entonces cometerse sin que haya una sanción.

Esa primera ventana rota puede causar una epidemia: más ventanas rotas, más vehículos inservibles varados en las aceras, más ascensores que no funcionan, más parcelas en las que se refugian los indigentes o se consumen drogas. Por tanto, más criminalidad y una drástica reducción de la calidad de vida de quienes viven, trabajan, estudian o circulan por la zona. La desidia llama al vandalismo y éste al delito, primero al de menor gravedad, luego al más pernicioso.

Un nuevo jefe del subway nombrado en 1984, David Gunn, recibió el mandato de llevar a la realidad la teoría de la ventana rota, y lo hizo en principio con una guerra al graffitti vandálico. Durante seis años organizó un método para limpiar y repintar cada vagón, sin descanso, con el objetivo no sólo de tener los trenes impecables, sino de desalentar a los tenaces y rápidos muchachos de los aerosoles. Y en 1990 la autoridad del tránsito contrató a William Bratton, otro creyente en la teoría de la ventana rota, para que dirigiera la policía del subway.

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Así como Gunn atacó primero al graffitti, Bratton lo hizo primero con el hábito de entrar al sistema sin pagar. Puso policías de civil en las estaciones donde más gente saltaba los torniquetes y adaptó un autobús como comisaría ambulante. Los agentes empezaron a arrestar a cientos de personas que pretendían usar el metro gratis, y entre ellos había muchos con armas, drogas, antecedentes penales. Hizo saber que no habría más impunidad para saltarse el torniquete y así empezó a transmitir orden y a reducir, dramáticamente, el delito en el subterráneo. El torniquete gratis era la ventana rota.

Bratton fue nombrado jefe de policía de la ciudad en 1994, por el nuevo alcalde, el polémico Rudolph Giuliani, y extendió a la metrópoli la filosofía que aplicó en el subway. La policía fue liberada de las medidas que le impedían castigar a quienes orinaban en la vía, circulaban entre los automovilistas pidiendo dinero o rompían mobiliario urbano. Atacar al delito menor, el que daña la ciudad cotidianamente y el que practican más personas, invirtió la espiral de deterioro.

La lección de esta historia es clara. Un entorno urbano bien gestionado, cuidado por su gobierno y por sus usuarios, inhibe la inseguridad. Una ventana rota que no se repara deja entrar el viento de las malas noticias.



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