La ternura como valor

 

Si algún elemento da belleza y sentido a la vida, ese es, sin duda, la ternura. La ternura es la expresión más serena, bella y firme del amor. Es el respeto, el reconocimiento y el cariño expresado en la caricia, en el detalle sutil, en el regalo inesperado, en la mirada cómplice o en el abrazo entregado y sincero. Gracias a la ternura, las relaciones afectivas crean las raíces del vínculo, del respeto, de la consideración y del verdadero amor. Sin ternura es difícil que prospere la relación de pareja. Pero además es gracias a la ternura que nuestros hijos reciben también un sostén emocional fundamental para su desarrollo como futuras personas.

Parece ser que los recuerdos que más nos acompañan en los últimos momentos instantes de nuestra vida no tienen que ver con momentos de triunfo o de éxito, sino con experiencias donde lo que acontece es un encuentro profundo con un ser amado, un momento de intimidad cargado de significado: palabras de gratitud, caricias, miradas, un adiós, un reencuentro, un gracias, un perdón, un te quiero. Son esos instantes los que al parecer quedan grabados en la memoria gracias a la luz de la ternura que revela la excelencia del ser humano a través del cuidado y el afecto.

Paradójico, la ternura no es blanda, sino fuerte, firme y audaz, porque se muestra sin barreras, sin miedo. Es más, no sólo la ternura puede leerse como un acto de coraje, sino también de voluntad de mantener y reforzar el vínculo de una relación. La ternura hace fuerte el amor y enciende la chispa de la alegría en la adversidad. Gracias a ella, toda relación deviene más profunda y duradera porque su expresión no es más que un síntoma del deseo de que el otro esté bien. La ternura encuentra también un espacio para desarrollar su extraordinario valor en los momentos difíciles.

Expresar el afecto, saber escuchar, hacerse cargo de los problemas del otro, comprender, acariciar, cultivar el detalle, acompañar, estar física y anímica en el momento adecuado…, son actos de entrega cargados de significado. Y es que en el amor no hay nada pequeño.

Esperar las grandes ocasiones para expresar la ternura nos lleva a perder las mejores oportunidades que nos brinda lo cotidiano para hacer saber al ser amado cuán importante es para nosotros su existencia, su presencia, su compañía. Nadie puede vivir sin ella porque la vida sería muy difícil si faltara.

Una palabra que va directa al corazón, pues evoca los momentos en los que nos encontramos maravillosamente bien, distendidos, confiados y gozosos de amar y ser amados…Una palabra que sintetiza afecto, calor, dulzura y consuelo. Es la ternura de los padres para con los hijos, de la esposa respecto a su esposo, de los hermanos y hermanas, de los amigos…

Una palabra de la que se tiene a veces miedo, pues no se conoce cuál será la reacción del otro. Hay gente tan especial que se mofa de quien posee este don magnífico de la ternura, pero le llaman sentimental y romántico con sentido despreciativo.

La ternura es un valor tan necesario en nuestra vida como el aire o el alimento. Se alimenta de cosas pequeñas que brotan del corazón: una mirada, una mano, una sonrisa, un gesto, una palabra, un estímulo, un aliento…

Un valor casi imposible de traducir si se tiene la cabeza vacía y el corazón de piedra, si alguien se deja llevar de la molicie o de la pasividad, si se es tan sólo un fuego artificial epidérmico o un momento fugitivo…Una puerta abierta a los sufrimientos más íntimos, más secretos, más recónditos, aquellos que apenas nos atrevemos a balbucir…Una alegría, creación duradera de un amor que crece, de una amistad que se construye…

La ternura, ¿es un riesgo que hay que correr? Sí, el riesgo de la gratuidad. La ternura es un producto raro. Sin embargo, sin ella, el hombre y la mujer no llegan a ser verdaderamente seres humanos. Pero la ternura es a menudo desacreditada ya que se confunde con estados que no son ella. Siempre es peyorativo que alguien es “tierno”. La ternura se confunde con la sensiblería y el sentimentalismo. Es un error, pues la ternura no tiene nada de amaneramiento.

Cuando los fortalezas se derrumban, vamos hacia el otro y tenemos al mismo tiempo miedo de él o de ella por el riesgo de representar un papel que se le asigna. Ante todo esto, tenemos medios para defendernos y neutralizar los ataques de gente desaprensiva. Con ellos la ternura sobra. La ternura aparece cuando nuestras relaciones humanas dejan de ser utilitarias, cuando no esperamos necesariamente algo de los otros. Comienza con el respeto y el reconocimiento de su libertad.

Ella está en la base de una alegría rara pero única: la que se experimenta cuando se da sin esperar inmediatamente nada a cambio.

Es verdad que el amor todo lo vence… es a través de la ternura.



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