La vida es simple, se trata de conectar experiencias

Experiencias en las que dices: ¡wow, ese fue otro momento inolvidable!

Fluir sobre un elemento vital como el agua montado en un SUP (Stand Up Paddle) es increíble, pero si a eso le sumas practicarlo en el río subterráneo más importante de Venezuela, con galerías de hasta veinte metros de altura con cientos de murciélagos volando a tu lado mientras escuchas el canto de guacharacas, agregándole además el  compartir la travesía junto a otros once compañeros de espíritu libre, incluyendo a Elisa, una niña aventurera de dos años de edad que duerme plácidamente entre tus pies mientras te deslizas sobre el agua, se convierte en una experiencia extraordinaria. Como entrar en otro mundo, y simplemente puedes decir: “¡wow, ese fue otro momento inolvidable!”.

Era una cálida noche de octubre, tras un día intenso de trabajo, cuando repicó mi teléfono móvil para recibir una invitación muy especial. Era Daniel Macedo, director y fundador de la operadora de turismo de aventura Climbing Venezuela quien, en consenso con el paraatleta extremo, director de GS Metas y líder de la expedición, Guillermo Sfiligoy, me propuso ser parte de un viaje a un lugar mágico, al que prácticamente era imposible decir que no. Aquella oferta tentadora consistía en ir a explorar, sobre tablas de SUP y tripas de camión infladas, las profundidades del río subterráneo del Parque Nacional Cueva de la Quebrada El Toro, ubicado en medio de la cuenca que divide los estados Falcón y Lara.

Al escuchar la idea, sentí que me brillaron los ojos, el latido de mi corazón empezó a bombear fuertemente y subió el flujo de adrenalina en mi cuerpo, así que ni corto ni perezoso, respondí: “¡Estoy listo! ¿Dónde monto mis tablas?”. Una vez más, la sincronicidad perfecta hizo de las suyas. En una semana estaba montado, rumbo al occidente del país, en uno de los dos vehículos 4×4 cargados de equipos de aventura con todo lo necesario para desconectarnos cuatro días de la civilización. Estaba seguro de que este viaje sería otro punto de no retorno y que, en aquel escenario oscuro e inhóspito, nos daríamos el chance de abrir nuevos caminos y explorar a profundidad el epicentro de nuestro ser, fluyendo por el caudal del pensamiento regenerativo, además de ir bien acompañados por esos aliados que te brinda la vida.

Al día siguiente de nuestra llegada al campamento base, tras una caminata de media hora por un sendero de la montaña, llegamos a un boquete enorme. Al cruzar aquel umbral de luz que nos conducía a la profundidad de la caverna, empezamos a afrontar nuestros miedos más ocultos, activándonos, readaptándonos y reinventándonos, en situaciones que parecieran adversas como la claustrofobia y la oscuridad en un lugar enigmático, húmedo, frío y posiblemente hasta tenebroso. Atravesamos galerías muy altas y espaciosas, pero también tuvimos que pasar por espacios confinados donde había que lanzarse al agua para cruzar entre grietas en donde apenas pasaba tu cabeza. Metafóricamente, el superar cada prueba empezó a darle sentido al verdadero propósito del viaje: conectarnos con nuestro entorno, descifrar el laberinto infinito de conocernos a nosotros mismos y redescubrir el significado de la hermandad. Ese término poderoso que simboliza la conexión profunda entre amigos que comparten cariño, empatía, compañerismo y solidaridad, que permanece más allá de lo que concebimos como tiempo y espacio.

Al final de la travesía, de un poco más de dos horas, cerramos con broche de oro cuando nos lanzamos a la musa de la inspiración e hicimos resonar las paredes de aquel templo natural imponente con el llanto melodioso de un mega jamming de blues en do a dos armónicas, que rebotó con su eco por su acústica muy particular. ¡Alucinante!

“Despertar la conciencia no es un proceso de ascensión. Es una inmersión a nuestro interior, para luego iluminar el exterior con nuestra esencia”. Ismael Cala.

Fotos: Christian Teppa @Teppasrockphoto

 



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