Las arepas de Vipassana

Las arepas de Vipassana

“No vas tú, voy yo” le dije sonriendo a mi reina cuando vi que me había llegado el email de confirmación para Vipassana. No estaba en mis planes ir para Vipassana en ese momento, pues las fechas del curso, coincidían con la fecha de entrega del proyecto en el que estaba trabajando. Pero como nada es seguro en este mundo, cuando mi reina me preguntó si me inscribía con ella, le dije “no creo que pueda ir, pero dale y cualquier cosa, la cancelo”.

La demanda por los cupos para Vipassana es mucho más alta entre las las mujeres; no son muchos los hombres que desarrollan interés por este tipo de búsqueda espiritual, al menos comparativamente. Fue muy gratificante encontrar muchos estudiantes jóvenes en este curso, muchos incluso menores de 25 años. ¡Que bacán!

Así, los maestros en su infinita bondad habían decidido consentirme una vez más, y como hacía dos semanas que había terminado mi parte del proyecto, decidí consultarle a mi supervisor sobre la posibilidad de tomarme unos días de vacaciones (a los ojos de ellos al menos, pues Vipassana es cualquier cosa menos unas vacaciones). Para mi fortuna, este me dijo que no veía problema. “Houston, this is a GO!”.

Como si el consentimiento no fuera suficiente, uno de los tantos talentosos inmigrantes venezolanos que han llegado a Chile se lucía cantando baladas en mi viaje en el metro. Supertalentoso y carismático el pana, no en balde los venezolanos tienen vueltos locos a los chilenos (y seguramente a más de una chilena). En un par de canciones ya estábamos en Príncipe de Gales, la estación donde iba a encontrarme con Philippe, un australiano con el que había cuadrado la cola previamente. Allí nos encontramos con Carolina y Andrea, dos chilenas encantadoras con las que compartimos el viaje.

Un par de horas más tarde nos encontrábamos en la Plaza de Armas de Putaendo, un encantador pueblito a unos 100 kms al norte de Santiago, muy parecido a un pueblito de Venezuela o Colombia, pero con la pulcritud característica chilena, sin un solo papel en el piso, y casas impecablemente pintadas. Allí me despedí de la vida mundana con una típica cazuela, lo que sería un hervido de res para nosotros, aunque con sus marcadas diferencias, claro.

Minutos más tarde llegamos a la especie de ciudadela zen que Vipassana Chile alquila para dictar los cursos. Todo es zen, la arquitectura, los jardines, su decoración, la geometría de los espacios, los mandalas que adornan los espacios de esparcimiento. Un sitio digno para el propósito que íbamos a cumplir allí.

Luego de cinco días y más de 50 horas de práctica intensa, después de unas cuatro horas de estar meditando aquella mañana, a eso de las nueve de la mañana, escuché el trinar de un pajarito que se había posado en el árbol que estaba justo al lado del salón de meditación.

El árbol tenía que estar a menos de un metro de la ventana, pues se oía como que tenía al pajarito en la pata de la oreja. “Qué nota la naturaleza, esto es algo que no disfrutas en Santiago, qué belleza!” pensé.

El pajarito continuaba allí, mientras yo seguía intentando regresar a mi trabajo …

Mi lucha por retomar la concentración me hizo recordar las frecuentes distracciones que experimenté en mi primer Vipassana, en las montañas de Tasajera, en el estado Aragua de Venezuela. Había un vecino en la montaña de enfrente al que le gustaba poner música llanera a todo volumen a las seis de la mañana.

Más tarde había alguien a quien le estaban enseñando a manejar moto. Podía escuchar claramente cuando el aprendiz cambiaba de primera para segunda, y cómo siempre se apresuraba a cambiar de segunda para tercera, ahogando la moto. Recuerdo cómo le gritaba desde mi perturbada concentración “¡todavía no!, ¡todavía no!”, y otra vez se le apagaba.Y así repetidas veces.

Una vez en Tasajera, no podía dejar de pensar en las arepas que uno que otro día nos servían en el centro de Vipassana que allí había, por lo que una vez inmerso en los corredores de mi memoria, no podía dejar pasar la oportunidad. En realidad no tenía hambre porque acababa de comer, pero el desayuno estándar de Vipassana, avena cocida con yogurt y granola, que aunque rico, luego de seis días deja espacio para la imaginación. (*)

Normalmente las arepas las sirven con mantequilla y queso llanero rallado, pero como diría Goenka, “… como una historia es una historia”, yo decidí rellenarme la mía con queso coriano, mi queso favorito para rallar.

Aquel pajarito de unos pocos gramos le había abierto las puertas a la mente para que entrara victoriosa, erguida, a demostrar quién mandaba. Mientras me devoraba mi arepa, la mente se contoneaba con ímpetu, mostrando que no estaba dispuesta a entregar el poder.

Sentado en aquel salón zen, rodeado de unas ochenta personas con las que me encontraba transitando el camino del dahmma, parecía que estaba meditando, cuando en realidad, ya me encontraba pancarta en mano, recorriendo las calles de Caracas, al lado del bravo pueblo que se resistía a someterse a la narco-dictadura castro-comunista que después de 18 años insiste en mantenerse en el poder, así tenga que asesinar a todo un país.

Parte nostalgia, parte dolor, y sin duda frustración, comenzaron a brotar lágrimas de mis ojos. Primero dos, luego cuatro, más atrás venían seis, mis ojos eran una húmeda manifestación de la serie de Fibonacci. Era como que el sufrimiento de las miles de madres que habían perdido a sus hijos ante la crueldad de esta dictadura, se escurría a través de mis ojos.

Llovían bombas lacrimógenas, se escuchaban detonaciones. A pesar de esto seguíamos adelante gritando consignas. Ya me encontraba agachado detrás de uno de los valientes guerreros que resistían el ataque con sus frágiles escudos de madera, cuando de pronto, oí una voz dulce como un níspero que llamaba mi nombre.

Como enviada por los maestros a mi rescate, la profesora me llamaba a sentarme a su lado para recibir instrucciones. Una abuelita con el aspecto de una chamana inca, que desbordaba amor por todos sus poros, y que luego de responder mis dudas, me preguntaba ella a mí: “¿Y estás trabajando la ecuanimidad?”. “Sí, profesora”, le respondí con una sonrisa dibujada en mi rostro y los ojos enchumbados de lágrimas. “Muy bien!” respondió ella con una sonrisa de aprobación.

ANICHA ANICHA

(*) Quisiera que no se mal interpretara esto como un desagradecimiento por la comida recibida en el curso. De hecho, el desayuno al que hago referencia en el texto es una de mis comidas favoritas, puesto que sé que es lo máximo para pacificar el vata y el pitta, acérrimos enemigos de la concentración. El detalle que intento resaltar en el texto es la habilidad de la mente por conocer nuestras más recónditas debilidades, y cómo y cuándo ponértelas en bandeja de plata para que salgan a flote tus añoranzas.

 

Vata: Elemento aire-éter de nuestra constitución ayurvédica.

Pitta: Elemento aire-fuego de nuestra constitución ayurvédica.

Vipassana: Técnica de meditación enseñada por el Buddha y difundida por S.N. Goenka.

Dahmma: Enseñanza pura del Buddha.



Deja tus comentarios aquí: