Las bibliotecas públicas animan espíritus y ciudades

Paradojas de la modernidad: justo en la época en que emergen los dispositivos electrónicos de lectura y se habla tanto de la posible desaparición del libro impreso, las bibliotecas públicas renacen como núcleos de experimentación arquitectónica y como detonadores de cambios positivos para una ciudad. Una buena biblioteca pública agrega valor al área donde se construye cuando brinda servicios educativos y de entretenimiento a los vecinos, atiende a públicos usualmente marginados por el comercio como los niños y los ancianos, y refuerza con su programación cultural los vínculos comunitarios y el tejido social, promoviendo paz, convivencia y seguridad. Estos efectos se potencian cuando esa biblioteca se levanta en zonas de bajos ingresos con problemas de violencia.

Hay varios buenos ejemplos en el mundo de bibliotecas célebres por su arquitectura acogedora y la calidad de sus servicios, como la New York Public Library o la magnífica British Library de Londres, pero ese modelo de estilo neoclásico, vinculado a una noción más tradicional de lo que significa adquirir el saber en Occidente, ha sido superada por una idea más rica de la biblioteca como centro cultural, diseñada desde el principio no sólo como una casa de libros sino como un espacio público de varios propósitos.

En Seattle, EEUU, luego de un siglo de funcionamiento y varias sedes en distintos estilos arquitectónicos, la biblioteca pública fue objeto de una iniciativa de relanzamiento de casi 200 millones de dólares -aprobada en un referendo ciudadano- para construir una nueva sede central. El proyecto ganador fue el de la oficina de Rem Koolhaas (un año antes de que este starchitect holandés ganara el mayor galardón de su oficio, el premio Pritzker) asociada con un estudio local, LMN Architects. El nuevo edificio, abierto en 2004, ha acrecentado el prestigio internacional de la ciudad y es la joya de un programa estratégico de renovación, llamado Libraries for All, que involucró también a 26 sedes secundarias de la biblioteca.

Otro arquitecto de la talla de Koolhaas, el japonés Toyo Ito, tiene en la Mediateca de Sendai la que debe ser su obra más conocida: una magnífica caja transparente de siete pisos que recuerda al Centre Pompidou de París, con columnas como raíces de árboles y un montón de actividades en torno a sus funciones de biblioteca, centro de entretenimiento musical y cinematográfico, galería de arte y plaza cubierta. Es un edificio con altos indicadores de sustentabilidad que por fortuna sobrevivió al tsunami que arrasó el litoral de esta ciudad en marzo de 2011.

Colombia es el país latinoamericano que en este momento puede enorgullecerse de una experiencia urbanística y social mucho más productiva a partir de la construcción de bibliotecas públicas. En Bogotá, junto al parque Simón Bolívar, la Biblioteca Virgilio Barco de Rogelio Salmona conmueve por la afluencia de visitantes de todas las edades, todos los días: en ese estupendo edificio de Rogelio Salmona hay actividades para todo el mundo y nada más el lugar vale la pena la visita. Para mí, es un lugar obligado en la capital colombiana.  La Virgilio Barco es una de las 36 bibliotecas de Bogotá (el país pretende tener 200 en los próximos años), dentro de las que tres más tienen notables dimensiones y están en áreas populares.

El caso de Medellín es célebre por sus resultados en metástasis positiva: de hecho sus responsables son discípulos del arquitecto catalán que desarrolló este modelo de renovación urbana, Oriol Bohigas. En la capital de Antioquia, aparte de una red de bibliotecas como la de Bogotá, hay cinco parques-biblioteca, como el España, en la cima de una montaña cubierta de barriadas populares, a la que se llega en funicular. Ese centro cultural, adaptado a las necesidades de las comunidades que lo rodean, fue diseñado con la intención (en parte cumplida) de estimular la economía y la convivencia de esa zona económicamente deprimida.?

En Venezuela, tenemos tres casos interesantes. Primero, el de la Biblioteca Nacional, para la que se construyó una nueva sedea finales del siglo pasado y poco después una plaza que la vinculaba con el Panteón Nacional, el Archivo General de la Nación, el antiguo Cuartel San Carlos y la Fundación John Boulton (de investigaciones históricas). Esa plaza se llama Foro Libertador y ya con su nombre termina de inclinar la balanza hacia la simbología patriótica militarista; es de suponer que el Foro se construyó no porque estaba ahí la Biblioteca Nacional sino porque estaba uno de los templos mayores de la pseudoreligión patriótica, el Panteón, donde están los restos de los principales jefes militares de la Independencia (de hecho, se trata de una antigua iglesia que un caudillo del siglo XIX le quitó al clero para convertirla en templo del militarismo).

Más recientemente, tenemos dos nuevas bibliotecas públicas, encargadas por gobiernos locales. La de Maracaibo, inaugurada en 2007 por la gobernación del Zulia, es un edificio de varios pisos que funciona como centro cultural, y de la Los Palos Grandes, en Caracas, inaugurada en 2011 por la alcaldía de Chacao, es mucho más pequeña, está ligada a una plaza muy exitosa y a un ambulatorio. En el caso zuliano la Biblioteca forma parte de un proyecto de renovación de una zona con poca densidad; en el caraqueño, es una obra más en un municipio pequeño y denso que tiene la mejor gestión municipal del país, pero también un buen presupuesto y una población con mayoría de clase media y un buen promedio de nivel educativo. Ninguna de estas dos están en áreas de bajos ingresos (sí lo está la Biblioteca Nacional).

Pero todas representan una esperanza de renovación: una inversión pública (mejor si tiene apoyo corporativo y ciudadano) que rinde buenos beneficios políticos y muchos ciudadanos: una biblioteca es como una punta de lanza de civilización, lo que es decir civilismo, lo que es decir entendimiento. Algo que a nuestras urbes le hace, siempre, mucha falta.

 



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