Las dos caras del karma

Como muchos habrán notado, en nuestro vocabulario occidental hace ya tiempo que se ha insertado la palabra india de origen sánscrito karma. El término, que significa ‘acción’, refiere a la “ley cósmica de causa y efecto”, tal como lo utiliza la filosofía espiritual de la India y otras religiones orientales.

Según esta ley, cada acción realizada por un ser, ya sea ésta correcta o incorrecta, genera una consecuencia correspondiente para sí mismo. La diferencia con la teoría newtoniana que dice que “cada acción genera una reacción”, es que la reacción kármica no es necesariamente inmediata. Por ende, una acción correcta/incorrecta puede tener su consecuencia visible mucho tiempo después (meses, años, vidas) de su realización.

El karma de una persona, entonces, es el resultado de las acciones pasadas que ha realizado, tanto positivas como negativas, las cuales determinan los acontecimientos tanto macro (nivel de evolución, familia de nacimiento, salud) como micro (eventos cotidianos) de cada existencia actual. Asimismo, cada acción presente que se realiza está generando nuevo karma (bueno o malo) para el futuro.

Esta palabra ahora en boga, originaria de la filosofía védica, es utilizada por la mayoría de personas occidentales como un sinónimo de ‘carga’ o ‘cruz’. Seguramente todos hemos oído frases como  “Fulanito es mi karma” o “tengo un karma con matemáticas”, que hacen hincapié en los aspectos negativos del término. Es decir, se hace referencia a un estigma o una carga a la que uno está ligado de manera, digamos, inevitable y un tanto ilógica.

Hay una antigua canción del músico argentino Charly García, llamada “El karma de vivir al sur”, que ejemplifica esta idea (‘sentir hasta resistir/el karma de vivir al sur’). Siguiendo con la música, hay otras creaciones que presentan al karma como un ente punitivo, tal es el caso de Karma Police del grupo inglés Radiohead o Instant Karma de John Lennon, en las que se habla de un tal karma que va a venir a cobrarse revancha de nuestras malas acciones.

A diferencia de esta idea generalizada, el concepto original de karma también se refiere a las buenas acciones y, sobre todo, tiene una perfecta lógica. Una lógica que se podría decir simétrica y, que en la cultura occidental, se traduce en el proverbio “cosecharás tu siembra”.

A este respecto, en la filosofía de la India no hay cielo e infierno, tal como lo conocemos en Occidente. Los actos buenos y malos de cada ser se ven reflejados en la vida actual o en las posteriores, para bien o para mal. No hay que olvidar que el hinduismo se asienta en la creencia de la reencarnación por lo que el actuar de manera incorrecta, siempre, a la larga o la corta, acarrea sufrimiento para uno mismo, quizás no en esta vida, pero sin duda en el futuro. De la misma manera, el actuar de manera correcta en esta vida, tendrá su recompensa en esta misma existencia o en una existencia futura.

Siguiendo esta línea, la aceptación de la teoría del karma tiene una consecuencia directa, que es la de asumir todo lo que le sucede a uno mismo como resultado de sus propias acciones pasadas, sin culpar a entes externos en las malas situaciones y sin sentir culpa o atribuir nada a la ‘suerte’ en las buenas. Si aceptamos esta idea, entonces debemos sopesar con cuidado cada acción que realizamos, por pequeña que sea, pues la propia felicidad futura esta en nuestras manos.

Ahora bien, el hecho de que el karma también pueda ser positivo y no se trate de una entidad castigadora que nos cae del cielo para hacernos pagar nuestros actos errados, no quita que, según la filosofía espiritual de la India, el propósito fundamental  de la vida no sea el de acumular buen karma, sino el de actuar de forma correcta y sin apego para así salir de la eterna rueda de reencarnación y muerte.

Es decir, incluso el buen karma genera nuevos nacimientos para cada alma y, a fin de cuentas, según explica el hinduismo, el anhelo principal (aunque no siempre consciente) de todo ser es el de volver al alma universal, original.

Para ello, entonces, hace falta llegar a conocerse a uno mismo de tal forma que uno pueda darse cuenta de que es una parte indivisible del todo universal. De esta manera, uno ya no actuaría ni bien ni mal, simplemente actuaría siguiendo el fluir de la energía cósmica que es quien lo guía todo, siempre para beneficio del mundo y de todos sus seres.



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