Las emociones buenas y las no tan buenas

Salgo de casa, son las seis de la mañana, debo estar en mi trabajo un poco antes de las siete. El tráfico está lento en la autopista. Delante de mí va conduciendo una señora mayor, un poco lenta para mi gusto. Le toco la bocina en señal de que se apure o se aparte; comienzo a sudar, mi corazón se acelera y mi molestia se manifiesta con un golpe al volante. Finalmente logro llegar al trabajo, son las siete de la mañana y ya, comenzando el día, estoy de mal humor.

Las emociones –del latín emotio, aquello que te mueve hacia– constituyen la manera como reaccionamos ante los diversos estímulos que percibimos del entorno  a través de los sentidos. Es a partir de ellos que vamos a generar una conducta como respuesta. Estas emociones tienen como base experiencias ya aprendidas, por tanto, es posible que un mismo estímulo genere en nosotros las mismas emociones.

Una emoción tiene un componente psicológico al provocar en nosotros estados de atención, cambios de conductas y activación de redes asociativas en la memoria. No podemos dejar a un lado las reacciones fisiológicas que se producen en el sistema endocrino con la liberación de hormonas, neurotransmisores o neuromediadores y la activación del sistema nervioso autónomo, entre otros.

Existen ocho emociones básicas, de las cuales cuatro son primarias y cuatro secundarias. De las primarias tenemos: cólera, alegría, tristeza y miedo. Como secundarias están: sorpresa, vergüenza, amor y aversión o asco. Según la psicóloga y psicooncóloga Nuvia Javaloyes, constituyen el canal o conducto a través del cual manifestamos nuestro estado anímico.

El hecho de ser básicas quiere decir que todos las experimentamos en mayor o menor intensidad, quizás unas más y otras menos. Hasta allí todo está bien, la pregunta que se me viene a la mente es  si lo hacemos de la manera correcta.

Por ejemplo, partiendo del hecho de la normalidad, es posible que un estímulo determinado detone rabia en nosotros; lo inadecuado podría estar en la manera como la expresamos, la intensidad de la misma y si nos hace perder el control y entrar en ira.  Si esto sucede, una ayuda psicoterapéutica oportuna nos puede ayudar a desaprender esa manera de reaccionar y hacer que la rabia, en este caso, sea controlada, de menor intensidad, que no nos cause daño ni tampoco a quienes nos rodean.

Los budistas hablan de karma positivo y karma negativo. Yo creo, con riesgo a equivocarme, que no son más que las emociones vistas desde otra perspectiva. Cuando el miedo nos inmoviliza, genera pánico; la rabia nos lleva a la ira; la tristeza nos deprime, o sentimos ansiedad, hostilidad, entre otras, podríamos catalogarlas como karma negativo. Por el contrario, todas aquellas que generan bienestar –amor, asombro, alegría, gratitud, compasión, esperanza, etc.– podrían constituir nuestro karma positivo.

Es aquí donde debemos esforzarnos a que la balanza siempre esté inclinada hacia las emociones positivas, que son las que van a hacer que nuestra mente genere pensamientos, palabras y acciones igualmente positivas. Aceptar a las emociones negativas como parte de la normalidad, pero aprender a canalizarlas de la manera más adecuada, que no provoque daño en nosotros, en los demás y nunca quedarnos enganchadas en ellas.

Lo importante es mantener activas todas aquellas emociones que provoquen bienestar. Esta es la manera de mantener nuestra mente en calma, tener un mejor carácter, relacionarnos de manera más eficaz, generar pensamientos positivos y ser más creativos.



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