Las maravillosas madres que pasaron por mi vida

Ya llega el Día de la Madre y como mis madres están lejos, o ya no están, no tengo que salir de compras. Solo recordarlas y agradecer. Así recuerdo y agradezco lo que me enseñaron mis maravillosas madres.

Mi bisabuela Socorro (Pico): El amor es creativo. Pico era, lo que se llamaba, una solterona. A los 29 años se enamoró perdidamente del joven Juan José de 20. Pero la familia de él se opuso rotundamente. Pensaban que no podría darle hijos, o peor, dejarlo viudo con los muchachitos. Así que ella aceptó una idea descabellada: decir que él estaba a punto de morir y su último deseo era casarse con ella en su “lecho de muerte” . Claro, no se tomaron el veneno como Romeo y Julieta, solo dijeron una mentirita piadosa. Le dio tres hijos y hasta conoció bisnietos. Además, nada como la solidaridad femenina. Resulta que fue ella junto, al resto de las Moreno, las que quedaron viudas jóvenes y con hijos pequeños. Así que se unieron y se pegaron a “Santa Máquina Singer”. Con eso y las famosas hallacas, convirtieron a esos muchachos en doctores.

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Mi abuela Alecia: Donde comen dos comen tres… o diez, o 50.  No se conformó con los diez hijos que parió, sino que crió a dos más, recibió en su casa a cuanto muchacho mandaban del pueblo a estudiar, a los amigos de sus hijos y a sus nietos. Un domingo cualquiera en casa de mi abuela, había por lo menos 50 personas comiendo de aquellas ollas de sancocho.  De paso, la vida es un carnaval. No recuerdo a alguien más alegre y divertida que mi abuela. Gozaba haciéndole ropa a sus hijas o a mis muñecas, jugando cartas y chismeando con sus amigas. Se divertía con las fiestas de sus hijos, se reía a carcajadas con nosotros jugando al carnaval con agua y nos llevaba a patinar a las misas de aguinaldo.

Mi abuela Rosa: Ser ama de casa es importante. Era una ama de casa profesional. Por eso se dio a la tarea de escribirnos unos cuadernos que mandó a empastar con recetas y trucos para el cuidado del hogar. Seguro mis hermanas, igual que yo, han revisado esas enciclopedias más de una vez. Y a pesar de que a mi generación eso le parecía pasado de moda, tengo que admitir que algo heredé… y me gusta. También la vida cambia y nunca es tarde para aprender. Cuando crecimos, a mi abuela le quedó tiempo para asomarse al mundo y las visitas a su casa se convirtieron en tertulias feministas. Vivía fascinada con la idea de que las mujeres pudieran decidir cuántos hijos tener, entre otras “barbaridades”. También amaba los aparatos nuevos y nos mostraba con orgullo aquella maravilla llamada Betamax que le permitía grabar sus comedias y verlas después. Creo que si estuviera viva, tendría su Ipad.

Mi mamá, Alecia: Todos somos iguales ante los ojos de Dios. Mi mamá es sumamente católica y nos llevaba a misa todos los domingos del mundo, pero se entiende con todos, aunque tengan cara de pecadores. Las amistades de mi mamá, como decía mi abuelo, son “de museo”. Gente loca, variada, de todos los colores, nacionalidades, tendencias políticas y sexuales, ricos, pobres, famosos. De todo tipo de gente pasaba por mi casa. Todos eran bienvenidos, todos eran importantes, todos eran interesantes. Además, hay que atreverse aunque te mueras de miedo. Cuando mi mamá nos llevó a Londres a aprender inglés, no tenía ni idea del rollo en que se estaba metiendo. Pasamos más trabajo que “el fugitivo” y un día nos dimos cuenta que estaba muerta de miedo. Pero si se hubiese paralizado, las cuatro nos hubiéramos perdido de una de las mejoras experiencias que hemos tenido en la vida. No hay universidad que le enseñe a uno a vivir, a apreciar lo que se tiene aunque sea poco, a entender que el mundo puede ser de muchas formas diferentes.

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Mi Suegra Margot: El amor se sirve calientico en la mesa. Argentina casada con un hijo de inmigrantes italianos, Margot aprendió la magia de la cocina y la mesa de ese país. Pero lo que siempre me quedó grabado fue que no había nada más fácil, más sano y más barato que prepararle la comida a los hijos. Con cinco ingredientes básicos servía unas mesas fantásticas. Pero también, que nadie es tan débil como parece Cuando mi suegro murió, Margot tenía 83 años, de los cuales 60, llevaba casada con él. Y hacía por lo menos 40 que había vendido su negocio para dedicarse a su casa, a sus hijos, a su esposo y luego a sus nietas. Nunca había manejado ni había ido sola al mercado. Pero no se quiso venir con nosotros. Hace un año vive sola, los vecinos le hacen mercado, tiene un taxista que la lleva a hacer diligencias. Sigue tejiendo y ganándose la vida con su trabajo.

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Mis Hijas Gaby y Vicky: Todavía no son madres, pero he aprendido que a veces son los hijos los que enseñan. De ellas he aprendido que los hijos oyen y ven. No tenemos que preparar grandes discursos, ni obligarlos a escuchar largos sermones. Simplemente las cosas se dicen, con palabras sencillas, con naturalidad en el día a día y se da el ejemplo. Se conversa, se comparte. Y como no somos perfectos, siempre se mantiene el diálogo abierto, para seguir aprendiendo.

¡Feliz Día de las Madres!



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