Las semillas de la sandía se comen y son un tesoro nutricional

Las semillas de la sandía se comen y son un tesoro nutricional

La llegada del verano es inminente y trae consigo toda una cohorte de productos típicos de estas fechas, los cuales alimentan, hidratan y, además, nos ayudan a soportar la implacable canícula. Un buen ejemplo de ello es la sandía, una de las frutas más típicas de la época estival que más se prodiga en nuestras mesas. Y es que esta cucurbitácea (es una hortaliza, no una fruta como erróneamente se tiende a creer) es ligera, refrescante, hidratante y, además, atesora un perfil nutricional de lo más interesante. Sin ir más lejos, es hipocalórica, pues más del 90% de su contenido es agua, lo que la convierte en un excelente diurético y en una magnífica opción para quienes tienen que rendir cuentas con la báscula o quieren cuidar la línea.

Además, proporciona interesantes cantidades de fibra, vitaminas A, C y B6 y minerales como el magnesio o el potasio. Aunque el componente más valioso que encontramos en su composición es el licopeno. Se trata de un carotenoide que, además de conferirle el intenso color rojo que luce, tiene un enorme poder antioxidante. Según un estudio, realizado por el Departamento de Nutrición de la Universidad Federal de Santa Catarina (Brasil), “dicha función antioxidante está posiblemente asociada a la reducción del riesgo de la ocurrencia del cáncer y ciertas enfermedades crónicas. Este nutriente se encuentra en un número limitado de alimentos y, además, el organismo no es capaz de sintetizarlo; de esta forma, el licopeno se obtiene exclusivamente a través de la dieta alimentaria”.

El cultivo de este alimento, pariente de la calabaza o el pepino, se remonta 3.500 años en el tiempo y se localiza en el valle del río Nilo, en Egipto. Desde aquí se extendió al resto de los países que componen el mapa europeo, incluido España, donde acapara un gran protagonismo. La antigüedad de esta fruta en nuestras despensas puede llevarnos a creer que lo sabemos todo acerca de ella o sobre la utilidad culinaria de todas sus partes. Pero no es así. Por ejemplo, ¿sabes que las pepitas que alberga en su interior son comestibles? Para muchos comensales pasan desapercibidas o las tiran a la basura, mientras que para otros suponen un estorbo, que les impide disfrutar del gusto dulzón que regala esta fruta. Sin embargo, esto es un error, pues atesoran un patrimonio nutricional de lo más provechoso.

Son una gran fuente de fibra, especialmente la cáscara que las envuelve. Como bien es sabido, esta sustancia interviene en la salud digestiva, regulando la función intestinal, mejora la composición bacteriana y, además, favorece el control de peso, en tanto que tiene poder saciante. Según la Fundación Española del Corazón, “el consumo de fibra se asocia también a la reducción de la mortalidad por enfermedad cardiovascular, respiratoria y cáncer”. Además, “se relaciona con la regulación de los niveles de colesterol y glucemia”. En definitiva, “nos hace vivir más y mejor”.

También son una excelente fuente de energía, en tanto que comportan 571 kcal por cada 100 gramos de producto, tal y como queda recogido en la Base de Datos del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA). A lo que se añade que son ricas en proteínas, que, como hemos comentado en otras ocasiones, intervienen en la reconstrucción de los tejidos y el desarrollo de los músculos, constituyendo una excelente opción para quienes practican algún tipo de actividad física o para las personas que necesitan mantener la masa muscular. Además, se perfilan como una opción más saludable que las de origen animal, cuyo abuso provoca enfermedades cardiovasculares e incluso un incremento del colesterol.

Asimismo, atesoran buenas cantidades de minerales, especialmente magnesio, calcio, zinc y manganeso. El primero interviene en numerosos procesos, siendo especialmente importantes la regulación de la función muscular, el sistema nervioso o la presión sanguínea. El segundo es esencial para la salud ósea y, por lo tanto, para la prevención de enfermedades asociadas como la osteoporosis. Por su parte, el zinc fortalece el sistema inmunológico y participa en la fabricación de las proteínas o el ADN; mientras que el manganeso es fundamental para la salud de los huesos, la cicatrización de las heridas o el metabolismo.

En su composición también habitan las grasas `buenas`, especialmente poliinsaturadas y ácidos grasos omega 6, que son grandes aliados de la reducción del colesterol `malo` o LDL y, por lo tanto, de la prevención de enfermedades cardiovasculares. No obstante, algunos nutricionistas aconsejan ser cautos con las cantidades o consumirlas asadas o cocidas, puesto que un elevado consumo puede ocasionar diversas molestias gástricas.

Ante un alimento poco familiar, seguro que muchos se preguntan cómo se preparan estas semillas o en qué elaboraciones son bienvenidas. Una opción es triturarlas para crear mantequilla, la cual proporciona un inusitado gusto dulce y una textura aterciopelada de lo más apetecible; aunque también se pueden mezclar con otros ingredientes como, por ejemplo, los frutos secos. Incluso podemos usarlas para preparar infusiones. Para ello, únicamente hay que hervirlas trituradas en abundante agua durante diez o quince minutos. Pasado dicho tiempo, dejamos reposar hasta que alcance temperatura ambiente.

Quienes quieran disfrutar de una textura más crujiente y un sabor tostado similar a las pipas de girasol, pueden hornearlas con una pizca de aceite de oliva o mantequilla durante media hora. Una vez finiquitadas, se pueden consumir en solitario o usar como topping de lácteos o ensaladas, especialmente las que incluyen hojas con gusto intenso o picante como la rúcula o el berro.

Fuente: www.alimente.elconfidencial.com

Imagen de Couleur en Pixabay



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