Lazos de luz

Vivimos nuestra vida cotidiana inmersos en las preocupaciones, más de la supervivencia que del vivir realmente. Los valores que la sociedad nos impulsa a buscar nos ocupan la mayor parte del tiempo. Igualmente vivimos como si nuestra vida fuera algo permanente y que no tuviera su fin ya predeterminado.

Son muy pocos los que se hacen preguntas trascendentes ¿qué es la vida? ¿Cuál es el sentido del vivir? ¿Nacemos con algún objetivo o misión? ¿Sólo somos entidades materiales y al desaparecer el cuerpo físico todo termina? ¿O por el contrario somos seres de espíritu con un cuerpo y una razón de ser y de existir?

Más allá de las respuestas que las diferentes religiones nos puedan dar, existe un cuerpo de conocimiento ancestral, que el filósofo Aldoux Husley denominó la filosofía perenne, el cual  ha acompañado a la humanidad a lo largo de toda su historia en el planeta, y que con independencia de épocas y culturas nos ha trasmitido un mensaje trascendente muy similar.

Desde los códigos herméticos del antiguo Egipto, los chamanes del México antiguo, los enigmáticos mensajes taoístas, pasando por la mística cristiana, el rosacrucismo, el sufismo islámico, los sagrados mensajes milenarios de la India o las precisas indicaciones provenientes de las diferentes escuelas de los Himalayas, solo por nombrar algunas, en todas estas Grandes Tradiciones de sabiduría nos alertan a estar atentos, a buscar el sentido último y trascendente de nuestras vidas.

Trascender lo impermanente y buscar lo perdurable, ir más allá del “yo” con el que nos identificamos a diario y encontrar el sentido real, último y verdadero de nuestra vida.

Ningún mensaje tiene más importancia que éste, sin embargo, la época en que nos ha tocado nuestro actual transitar vital, nos impulsa hacia lo opuesto, y nos aleja de lo importante llevándonos a ocupar nuestra vida  en la búsqueda de bienes inmediatistas y perecederos.

Vivimos dormidos, llamando estar despiertos al estado de la mente que se expresa en el estado de vigilia. Éste es un estado en el cual solo somos capaces de repetir de manera reiterada todos los condicionamientos y programaciones a los que hemos sido sometidos desde nuestro nacimiento. Creemos que por mucho pensar podemos llegar a conocer algo, sin darnos cuenta que el pensar es sólo el nombre que le damos a nuestra prisión. El pensamiento ni siquiera es capaz de imaginar o concebir lo que está más allá de él. El pensamiento, sólo puede moverse dentro de la celda de sus aprendizajes.

Igualmente, el ser humano común cree ingenuamente en su libre albedrío, en su capacidad de tomar decisiones, sin darse cuenta de que ha sido programado para tomar esas decisiones y programado también a no darse cuenta de la programación.

Ahora los conocimientos aportados por la ciencia permiten cuestionar el paradigma de la existencia tal y como la concebimos. Los límites de la mente y el encierro dentro de sus paradigmas, comienzan a hacerse evidentes, y lazos de luz comienzan a tejerse entre las sabidurías ancestrales y la ciencia más actual.

Antiguos y nuevos métodos se ofrecen como herramientas para lograr salir del encierro en el que estamos tan acostumbrados a permanecer.

La Conciencia, entidad indescriptible, inmaterial, no-dual, no conceptual, empieza a colarse dentro de los postulados de la Cosmología, la física cuántica y la biología molecular, uniéndose en lazos de luz a la filosofía perenne.

En Singularidad mostramos vías y caminos, intentamos romper paradigmas, conscientes de la dificultad inherente a esta tarea y sabiendo de antemano que son muchos los que al mostrarles la luna, solo ven el dedo que la señala.



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