Lecciones del fuego: la culpa no es del viento

Cuando el fuego está encendido, el viento, lejos de apagarlo le da más fuerzas.

Este pensamiento se hizo consciente cuando observaba la fogata que había hecho en mis días de retiro. Intenté encender el fuego en una noche de mucho frío. Con papel construí una base para que tuviera fuerzas pero el viento no dejaba que las llamas quemaran la madera. Poco a poco, pacientemente, fue insistiendo en darle tiempo al calor para subir hasta que las llamas enardecieron. ¡Ya tenía una fogata! Y el viento,  aun más intenso, lejos de apagarlo era el que mantenía el fuego encendido.

Cuando el fuego está encendido, el viento, lejos de apagarlo le da más fuerzas. Me repetí.

Nuestra verdad personal, lo que somos, lo que valemos, lo que hacemos, es nuestro fuego. Y puede estar tan débil que las brisas de la duda, las críticas, los errores o las contrariedades lo apagan. Y, lejos de querer encenderlo, nos lamentamos del viento que hay.

Pero el viento no apaga el fuego. Es el fuego que decide su destino desde su debilidad o su fortaleza. Si estamos claros, si nuestra llama está bien encendida, esas dudan, críticas, errores o contrariedades, lejos de amenazarnos, nos elevarán. Jesús supo mucho de esto.

Por eso, no le echemos la culpa al viento y revisemos nuestro fuego interior cuando sentimos que lo externo es tan fuerte que nos amenaza. Si tenemos certeza en quien somos, de nuestro valor y lo que podemos ofrecer al mundo, todo nos fortalecerá, incluso el viento en contra.

 

 

 



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