Leyes de la Espiritualidad: Decisión vs Destino

El tema da dolor de cabeza. Muchas preguntas. Y sólo hablamos del Destino y la Decisión. No hemos metido a la suerte en la ecuación. Eso sí sería demencial. ¿Buena suerte o Destino generoso? ¿Mala suerte o Decisiones equivocadas?  Nada fácil. Ya es suficiente con intentar descubrir si somos marionetas o marioneteros como para también andar pensando si decidido o decidiendo nos irá bien o mal. ¿Usted a qué se aferra? ¿Le da crédito a su acertada Decisión o agradece al Cielo su Destino? ¿Acaso tiene un trébol de cuatro hojas, una herradura en la puerta y una pata de conejo como llavero para atraer la buena suerte?  Yo distribuyo las responsabilidades. Creo que depende del humor y lo poderoso que me sienta en el momento. Pienso que el Destino me ubicó en el tiempo y el espacio. A partir de ahí todo recae en mis decisiones. Claro está que tales condiciones dependen directamente de variables que han sido destinadas o decididas. Es aquí donde se vuelve intrincando el asunto. Por ejemplo, hoy decidí si usar metro o taxi. Me otorgo esa elección. Pero, ¿estaba destinado a estar en esa posición para tomar esa decisión? ¿En mi carta astral estaba escrito que hoy tomaría transporte público a falta de carro propio? ¿Será que ese carro que tuve hace unos años estaba destinado a ser robado? ¿O será que una serie de decisiones me llevaron a estar hoy “a pie”? Confieso que aquel día del robo mi primera expresión fue “¡Qué mala pata!”, así que al final como que le atribuí el rollo a la suerte.

Me niego a pensar que somos ratones de laboratorio recorriendo un laberinto. Pero sí creo en ciertas cosas que me liberan de responsabilidad y al mismo tiempo me dan cierto dominio de la situación. Como buen amante de la libertad, al menos eso me queda, creer en lo que mejor me parezca, independientemente de que sea chofer o pasajero. Rijo mi vida bajo unas leyes incluso antes de conocerlas. Son las que ofrezco a gente sin consuelo y las que el gurú Sai Baba nos ofreció a todos.

Leyes de la Espiritualidad:

  1. “La persona que llega es la persona correcta”.
  2. “Lo que sucede es la única cosa que pudo haber sucedido”.
  3. “En cualquier momento que comience es el momento correcto”.
  4. “Cuando algo termina, termina”.

Visto de esta forma, es un modo sencillo de lavarse las manos como Poncio Pilatos, pero a mi juicio deja entrever la posibilidad de múltiples decisiones. En primer lugar, una persona llega a nuestras vidas porque sí, muy bien. Pero está en nosotros tener con ella una relación laboral, de amistad, amor u odio. Todos los que conocemos y con quienes convivimos son personajes de una misma película siguiendo una trama improvisada que escribimos cada día. La segunda ley es muy sabrosa. Si pasa algo bueno, benditos seamos nosotros, no nos podía pasar otra cosa distinta a tal buenaventura. Alabado sea el Destino, que casualmente se escribe con “D” de Dios…  Y si pasa algo malo, créame que será mucho más fácil aceptarlo entendiendo que no había más opción. Cuando usted deja de ir a un paseo con amigos bien sea por trabajo o cualquier otro compromiso, ¿acaso no le resulta maliciosamente agradable cuando el viaje se suspende? No es que usted le desee mal a sus amistades, sino que hay algo de satisfacción en saber que no había más opción. Incluso irá a su oficina con una sonrisa. Es una forma muy positiva de ver la vida. Cuando algo malo me sucede, lo acepto. No lo celebro, no me regodeo felizmente en mi desgracia, pero sí lo asimilo con resignación.  Entiendo que es lo único que podía pasar, no me devano los sesos pensando en el montón de cosas mejores que pudieron suceder, es más, con suficiente fe, podría confiar en que “Misteriosos son los caminos del Señor” o incluso apoyarme en el trillado pero efectivo cliché de “Lo mejor es lo que pasa”.

La tercera y cuarta ley nos da paciencia y serenidad. No debemos apresurar los episodios cuando estos tienen un punto de inicio y término. Si queremos ir a las discotecas siendo menores de edad, nos toca entender que eso sucederá en su momento. Por otro lado, cuando un ciclo culmina, debemos cerrarlo por completo, no aferrarnos a él ni intentar revivirlo. Usando palabras muy Zen, eso nos “atrasa” y no nos permite “evolucionar”. Simple. Combinando la creencia en un destino que está escrito a grandes pinceladas y en esas decisiones que, en efecto, podemos tomar, es posible encontrarnos con algo muy parecido al dominio que tenemos en un video juego. Vuelve la analogía porque es la forma más gráfica de vernos en tercera persona y entender nuestro poder. Dependiendo del disco o cartucho que introduzcamos en el aparato (para no entrar en detalles de marca), tendremos un personaje con ciertas características. Ese personaje interactuará con otros personajes incluidos dentro de la programación. Tenemos un control con botones que nos permiten avanzar, saltar, golpear e incluso ejecutar “combos”. Aún así estamos limitados a ese mundo y sus condiciones hasta que avancemos al siguiente. Además, todo lo que pase, dependerá directamente de las capacidades permitidas por el diseño del juego y su sistema, eso será lo único que podrá suceder. La pregunta es, ¿podremos jugar distintos juegos o cartuchos con una sola vida? La respuesta es sí…

Queda en nosotros creer si el destino son decisiones escritas o si las decisiones son destinos elegidos…



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