Libertad laboral

De pronto estoy sentada en la cama de una de las casas que suelo habitar en Bogotá, uno de mis hogares colombianos, y pienso: es sábado. Afuera el sol aparece lentamente sacando las nubes grises. Aún medianamente somnolienta miro una esquina de la habitación y veo cuatro maletas, pienso que mi vida está en esas valijas. Tres maletas y una mochila: dos se quedan en Bogotá, una es la que me llevaré a Buenos Aires en junio, y la mochila me la llevo a Panamá la próxima semana. Voy dejando todo preparado porque me gusta anticiparme; quizás una forma de manejar bien la ansiedad ha sido convertirme en una persona precavida.

Hay noches en las que me despierto y tardo unos minutos en concientizar en qué lugar estoy. Los últimos seis meses he estado cambiando de locaciones constantemente, entre Buenos Aires y Bogotá. Voy a contarles la verdad, hace seis meses estaba saturada del empleo en una consultora donde estaba fija, saturada del invierno que se hacía largo, saturada de Microcentro –una parte de Buenos Aires– por su gente vestida de colores oscuros, fumando cigarrillos a las ocho de la mañana, sin mirarse a los ojos, de la escasez de sonrisas, y ese empleo donde estaba que, definitivamente, no me estaba haciendo feliz.

Tomé la decisión de mudarme a Bogotá, en búsqueda del reencuentro familiar, la cortesía del colombiano, el clima de la montaña, mudarme con el ideal enaltecido, pensando que esta vez volver sería sencillo, que conseguiría un excelente empleo. Renuncié al trabajo, vendí y regalé todo lo que tenía, empaqué mi vida en dos valijas/maletas, saqué los permisos para poder llevarme a Caribe, mi gato, y así regresé a Bogotá confiada en que todo sería perfecto.

¡Ay, Carolina! Los ideales no existen, y los regresos siempre tienen una curva de aprendizaje, choque cultural, diferencia de vivencias. Uno ha cambiado, la vida no es la misma de antes, y finalmente, de una manera muy amarga a mi regreso, tuve que entender que uno es y está “solo” siempre, uno es un individuo, eres tú quien tiene que proveer tu bienestar. Tu tranquilidad y estabilidad no pueden depender de otro. Creo que hay que aprender, con mucha dulzura, que somos los que mejor podemos cuidar de nosotros mismos, aunque suene cliché.

Entonces, empezó una etapa de sacudones de realidad, alquilar departamento, buscar empleo, cuidar los ahorros, reconectar con las personas que conocía en Bogotá, darme cuenta de que muchos vínculos siempre serán virtuales aunque vivas en la misma ciudad, choque cultural con la idiosincrasia de los habitantes de mi ciudad natal, llanto, arrepentimiento, soñar con Buenos Aires, extrañar a mis amigos, enviar currículos, no recibir ni una respuesta, sentimiento de pérdida, asomo de depresión, tomar la bicicleta, empezar a andar por calles que no conocía, retarme a salir a conocer personas, escribir en mi web, entrevistar gente que hace cosas que me interesan, abrazar a Caribe, discutir con mi familia, aprender cómo son, enseñarles cómo soy, pensar que me voy a dar por vencida, levantarme, querer salir corriendo, sentarme en el sofá a llorar pensando qué “:*#$ estoy haciendo con mi vida, videollamadas, chats con mis amigas de Argentina, y con mis venezolanos regados por el mundo, fuerza virtual y finalmente la vida, la vida que te va guiando por dónde debes ir, aunque tú sientas que estás más perdido que el hijo de Lindbergh. Eso sí, en medio de la confusión, todos los días levantarte y buscar soluciones, contactos, networking, producir, hacer, ejecutar. Porque no queda más remedio, o te comes la vida o la vida te come.

Y entonces, la luz va apareciendo. Hace más de tres años comencé un emprendimiento de marketing digital que, aún mientras tenía empleos fijos en agencia o consultora, mantenía vivo en mis horas libres. Con mi petite empresa mantengo un cliente que se ha quedado por más de tres años y siempre hay uno que otro proyecto en la mesa. Durante esos meses que no conseguía empleo fijo me hicieron un par de entrevistas para cargos muy importantes en empresas de México, Chile y Argentina, y cuando yo pensaba que estaba a punto entrar, después de cinco o seis entrevistas, todos me anunciaban que por una u otra razón finalmente no quedaba, cosa que resultaba decepcionante. Durante esa etapa, con ese cliente que tengo hace tres años, un cliente nuevo para Colombia y Ecuador y los ahorros fueron los que me mantuvieron, toda esa etapa sacudida iba dando frutos, aunque en ese momento yo no lo sabía.

Se terminó el año y el panorama de crisis económica en muchos países no terminaba de dar una luz clara. Yo no sabía si quedarme en Bogotá, regresar a Buenos Aires o probar una nueva ciudad donde el costo de vida se pudiera ajustar un poco más a mis ingresos mensuales sin perder la calidad de vida que me gusta. Conseguí dos clientes nuevos, fortalecí y mejoré el presupuesto mensual, luego apareció otro cliente y de pronto me di cuenta de que estaba contratando a un par de personas para trabajar. Entonces, entendí que no había un empleo que buscar, que era una señal, que lo que tenía que hacer era creer en mí, ponerle más ganas, dar el 200 % para mi emprendimiento.

Estaba asustada, o quizás aún lo estoy, voy creciendo y comprometiéndome cada vez más. Claro, traigo el aprendizaje de mucho tiempo, no es que recién comienzo, mi emprendimiento ya tiene tres años y ahora es que está tomando forma de empresa para dejar de ser emprendimiento, había una semilla plantada. Desde hacía tres años, los cargos a los que estaba presentándome no bajaban de la dirección de marketing en otras compañías, tenía que ser una señal, todo me estaba hablando y yo parecía no poder escuchar: era hora de dirigir mi propio negocio, de implementar todo el conocimiento en mi proyecto.

La vida, junto a uno que todos los días se levanta y le pone ganas, fue girando. Ahora voy a trabajar como nómada digital, un formato de trabajo que cada vez se aplica más; estaré trabajando desde diversas ciudades, para los clientes que manejo actualmente con mi compañía. Lo importante es mi servicio y no mi presencia física; he fortalecido esos vínculos y ahora estamos manejando varios proyectos para Argentina, Colombia, Ecuador, Uruguay, Chile y Australia. Voy creciendo y lo mejor de todo es que me lo creo y me lo merezco.

Sin estar absolutamente consciente fui conectando lo que me apasiona con mis cualidades y mis habilidades, es decir, siempre he trabajado produciendo, escribiendo, haciendo publicidad, me apasiona viajar, descubrir nuevas personas, aprender de lo que veo, conectar personas, ideas, sueños, generar marcas significativas, crear valor a través de un medio tan particular como lo es la publicidad, y aquí estoy, agradecida. Los clientes que tengo actualmente son clientes que me eligieron y a quienes elijo constantemente, seres humanos que trabajan honestamente, que hablan con afecto, que respetan tu experiencia, que cumplen con sus tiempos, que aprenden junto a ti, que te enseñan de su mercado, comprometidos con alcanzar las metas que se proponen y yo me siento afortunada; estoy trabajando con y para personas, empresas, productos que me satisfacen como persona y profesional.

Desde hace varios años doy clases, la docencia me apasiona, y una de las frases que más les repetía a mis alumnos sin saber que me la repetía a mí misma también es: “uno va trabajando y tiene que ir viendo cómo se gana su libertad”. Eso de alguna manera es lo que necesitamos hacer, ganarle al dinero el tiempo, el tiempo y la calidad de vida, entendiendo que el éxito puede vestirse de maneras diferentes.

No quiero decir que todo el mundo tenga que emprender su propio proyecto, dejar la oficina y viajar por el mundo (aunque recomendaría viajar al menos tres meses de tu vida), no, algunas personas viven bien con empleos que son más clásicos y responden a un modelo social diferente al del emprendedor y es completamente válido. Para algunos el éxito radica en comprar una casa, tener un auto, títulos profesionales, activos bancarios y para otros, como en mi caso, tener éxito es viajar, moverme de un lugar a otro con mi empleo, escribir en mi web, comer sushi dos veces al mes, poder asistir al yoga, sumergirme en una piscina, un río, o un mar, y en este mismo instante tener la posibilidad de viajar entre Buenos Aires y Bogotá constantemente para poder compartir tiempo de calidad con mis amigos y mi familia.

Por eso, para cada quien la libertad cambia de forma. En mi caso y con el espíritu que me caracteriza, me cuesta mucho un horario de ocho a seis, sentarme todos los días en el mismo puesto de trabajo, estar en un lugar cerrado, adaptarme a códigos de vestuario y otras cuantas variables de ese tipo de trabajos. Ojo, no significa que con el emprendimiento no tengo largas jornadas de trabajo, que no debo asistir a reuniones donde el código de vestuario está determinado, pero al menos puedo elegir en qué coworking trabajar cada día, cambiar de locación, moverme, y variar el espacio laboral, que en mi caso me ayuda a la creatividad.

Mi libertad laboral consiste en manejar muy bien mis tiempos, medir constantemente las horas que invierto en cada proyecto para poder monetizar adecuadamente todo, conectar y consolidar equipos que están a nivel remoto lo cual es un desafío, crear en diferentes idiomas y argots, mantenerme informada, innovar, planificar bien los viajes, vuelos, horarios, lugares de llegada, acceso a internet y, muy importante, que mis clientes siempre sientan que estoy ahí, al alcance de un mensaje.

Si me preguntan si lo planifiqué y armé una estrategia para llegar al lugar donde estoy, les diría que no conscientemente, pero si reviso todos los pasos que he ido dando, lo que vengo haciendo, deseando y mentalizando de unos años para acá, les diría que sí, que de alguna manera me imaginé llegar a este lugar, recorrer nuevos destinos en busca de mejores ideas para mi empresa y mis clientes. Una amiga hace poco me dijo: “Carolina, cuál es la frase que usas para tu empresa?”. Y yo le dije: “siempre en movimiento”. A lo que ella con una sonrisa inmensa me respondió: “hace tres años cuando escribiste esa frase lo decretaste, tu empleo, lo que haces, tu compañía se mantiene en movimiento y ahora es literal”. Próximo destino: Panamá. ¿Me acompañan?



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