Límites, reglas, perdón o ¿las tres?

Límites, reglas, perdón o ¿las tres?

Estas palabras tienen una connotación muy importante en nuestras vidas. En los primeros años, son nuestros padres o representantes quienes nos muestran acerca de estos, con la formación y la educación, ambos aspectos complementarios pero diferentes. Sin embargo, en todo momento estos se hacen presentes, ya que son el delineado indispensable que marca el sendero de nuestra conducta y, por ende, dará como resultado la construcción sana del individuo que estará presente en la sociedad. Hasta aquí podemos decir que los límites se entienden sin mucha explicación, porque sabemos, por ejemplo, que entre el vecino y yo existe un hilo delgado de respeto que mantendrá la convivencia saludable.

Pero existe una verdad, y es que también en esta edad temprana muchos dejamos de recibir amor de forma efectiva, venimos de hogares poco funcionales, o simplemente no tuvimos un hogar que nos diera sentido de pertenencia. Este hecho puede hacer que los límites personales entre cómo debo amarme y cómo debo amar estén desdibujados, y es allí donde pueden existir conflictos irreparables. Por esta razón, la primera regla de oro es aprender el amor propio. ¿Cómo? Dándome lo que deseo recibir, explorando lo que me gusta y lo que no, para de esta forma poder respetar e interpretar los límites de los otros y convertir el intercambio entre pares en construcción y no en destrucción.

Existe otra regla que dice: “si no soy capaz de perdonar, no conozco mis propios límites”. El perdón es síntoma de madurez espiritual. Esto es claro, soy un ser humano y cometo errores, entonces, doy el perdón que puedo necesitar. El balance necesario siempre está en la aceptación de mis limitaciones y las que seguro existen en los otros. Lo humano es complejo, y por ello debemos dedicar tiempo útil a conocernos a fondo en virtud de buscar la paz y la felicidad, que seguro luego seremos capaces de dar. No funciona en sentido contrario.



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