Lo bonito del nido lleno. Críticas, aclaraciones y agradecimientos…

El artículo de la semana pasada resultó ser definitivamente controvertido. Esto me alegra, hace tiempo que quería escribir algo que despertara la crítica. Cuando digo que las acepto no es que me tire el rollo, es que no me creo que todo lo que escribo guste a todos ni todos estéis de acuerdo al 100% y yo necesito saberlo para poder enriquecer de verdad los contenidos de este blog, así que bien recibidas esas críticas que además hoy dan lugar a este escrito. Me habéis hecho pensar, y de eso se trata precisamente. Gracias a los que habéis tenido la generosidad conmigo de decirme lo que pensabais.

Todo esto ha dado como resultado dos reflexiones, y son estas:

Por un lado, me toca aclarar algunas ideas que posiblemente no conseguí expresar adecuadamente la semana pasada y que han dado lugar a una mala interpretación de mis palabras. Mi intención era remover algunas ideas pero en ningún momento herir a nadie. Ahora desmenuzaré mi mensaje en un intento de que quede más claro.

Es posible que haya dado a entender que lo ideal para una vida sana sea desprenderse por completo de la familia de origen, romper del todo la unión con ella para volar libres sin temor. Bien, no es esta la idea, en todo momento quise referirme a la “dependencia emocional”, la problemática, la patológica, esa que sí impide y bloquea. Pero yo que soy excesivamente literal di por sentado que a todos se os vendría a la mente la definición de estos términos y olvidé que esa dependencia entre padres e hijos puede interpretarse también quizás como confianza, amor, cuidado o protección… valores que considero sanos y hermosos dentro de una medida normal y este es el otro punto.

La dependencia emocional habla sobre todo de exceso. Entiendo y promociono  y por ende pasa de ser un vínculo normal a una dependencia, insana. Y además quiero recalcar que no responsabilizo de esto a los padres, si no a ambas partes pues en ambas direcciones puede pasar y cuando sucede a uno, no siempre es “culpa” del otro, a veces también los hijos caemos en ese miedo a decepcionaros a los padres, de motu propio, por propia iniciativa, por amor seguramente aunque confundamos los límites y los traspasemos creando esa dependencia de la que hablo y que ellos no nos han pedido.

Ojalá ahora sí, haya quedado claro.

Por otro lado, otra cosa que he notado al respecto del pasado post, es que la mayoría de las heridas las he abierto en padres, más que en hijos, y ahora que soy un proyecto de madre lo comprendo bien, pues ya empiezo a sentirlo y sé que lo sentiré durante el resto de mi vida. La otra reflexión fruto de todo esto, pasa por un déficit que compartimos muchos hijos, que tenemos excesiva facilidad para olvidarnos de “regar la plantita”, y damos por sentado que los padres saben que les queremos y es innecesario recordarlo, decirlo, regalarlo. Esto es un error y por eso muchos padres viven con el miedo de haberse equivocado, de no haberlo hecho bien. Pero los hijos casi siempre sabemos que lo han hecho lo mejor que han sabido y que el amor ha guiado sus decisiones, acertadas o equivocadas y con eso es suficiente, sin embargo no lo decimos, pero deberíamos. Lo merecen.

Sé que siempre tendré ese miedo y entiendo que lo hayan tenido mis padres o cualquier padre con un mínimo de conciencia, y entiendo también que desde esa perspectiva, mis palabras de la semana pasada hayan podido doler, pues cada uno las habrá interpretado desde su propia historia personal, desde esos miedos, haciendo una autocrítica, puede que demasiado dura producto, a lo mejor, de que mi mensaje fuese poco claro, o demasiado confuso. O a lo mejor, de que un padre amoroso probablemente tenderá a juzgarse con dureza por aquello de más vale prevenir que curar, pero estoy convencida 100% de que la intención siempre es buena, así que cuidado, que también un padre tiene derecho a equivocarse, con un embarazo no te llega el manual de instrucciones, y esa autoexigencia debe ganar laxitud, el castigo no es necesario, ni bueno, ni justo…

Y no me puedo ir, me lo vais a permitir, sin hacer una mención especial a los míos. Ellos me leen, casi siempre los primeros, y como son personas buenas y humanas también esta vez me han leído desde sus sillones de papá y mamá. Quiero deciros que nunca sentí que me impusierais una dependencia, y he sentido de manera muy consciente siempre vuestro profundo respeto ante mis decisiones, muchas de ellas evidentemente desastrosas. La cosa maravillosa es que a esas meteduras de pata monumentales ha acompañado siempre la seguridad de contar con vuestro abrazo y vuestro apoyo después, sin juicio, sin reprimenda, sin aprovechar para el “ya te lo dije” o “si me hubieras hecho caso”. Eso habla de una tremenda generosidad por vuestra parte y como digo y recalco, un respeto del que me siento orgullosa y del que siempre presumo, hoy aquí, para que todos lo sepan, porque lo merecéis.

No tengáis miedo, habéis sido unos padres maravillosos y mis errores y conflictos han sido algo que yo cree por mí misma, pero benditos sean, pues sin ellos hoy no podría definirme como una persona feliz. No feliz de que me despierto cada día haciendo cabriolas, no confundamos, a veces no me quiero levantar, como nos pasa a todos, pero la felicidad en la vida hay que medirla por una suma de instantes y no por un momento concreto y en la suma de mi vida, hoy puedo decir rotundamente que soy feliz, y eso es en gran medida gracias a vosotros.



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