Lo que aprenden nuestros hijos

De las miles de actividades importantes en nuestras vidas, la de ser padres (para quienes lo somos) es, en mi opinión, la más importante de todas. Es una gran responsabilidad que implica no solo darle vida a otro ser humano, sino convertirlo en una persona independiente, íntegra y de bien, cuyo paso por este planeta sea un aporte positivo.

A pesar de lo importante de este rol, llegamos a él sin conocimientos, herramientas o algún manual de instrucciones que nos vaya diciendo el siguiente paso a seguir. Los que ya tenemos hijos grandes aprendimos que la crianza no es una tarea de A-B-C, ni de 1-2-3. Es una labor continua, cuya ejecución no tiene botón de pausa. Cuando nuestros hijos salen con una actitud o una frase que «no sabemos de dónde la sacaron», no hay para donde agarrar, en algún momento lo aprendieron de su entorno inmediato… y esos somos nosotros. Somos modeladores constantes de esos «locos bajitos», como dijera Serrat.

Todo esto me vino a la cabeza en una visita reciente al supermercado. Fui testigo accidental de dos escenas que me indicaron que a veces, como papás, se nos olvida un pequeño detalle: nuestros hijos son esponjas que están absorbiendo de manera constante lo que ocurre a su alrededor e inevitablemente lo convierten en aprendizaje.

Escena #1: Niña en el carrito de compras. Su papá y la que asumo era la mamá de algún compañerito de clases de la niña, conversando al lado de ella acerca del Spelling Bee que tendría lugar en el colegio. 

Diálogo:

Papá: ¿Viste la lista?

Mamá: Sí, no puede ser. Son como cien palabras. ¿Cómo se van a aprender esos niños tantas palabras en inglés? Ellos no pueden aprenderse eso. Están locos.

Papá: Es demasiado, vale. ¿Y que tengan que deletrearlas? Los niños no van a poder con eso.

Escena #2: Niño sentado en el carrito de compras, molesto y llamando la atención de la madre. En la nevera de los lácteos un letrero decía: «Favor de no consumir ningún producto hasta haber pasado por caja. Gracias». La mamá, como si el letrero no existiera, agarra una botellita de yogurt, la abre y sin más se lo da al niño para que lo beba y no la fastidie más. 

Las dos cosas sucedieron con minutos de diferencia, el tiempo que me toma pasar con el carrito, mirar lo que hay, decidir si lo compro y seguir. Esos minutos bastaron para que la angustia se me instalara en la boca del estómago y empezara a pensar en lo que estas dos situaciones significarían en la vida de esos dos niños.

En la primera, la repetición del «no pueden» delante de la niña me descorazonó pues ni su papá ni la mamá de su compañerito tienen confianza en las capacidades de sus hijos. Ese «no pueden» quizá quedó grabado en la mente de esta niña, quien inconscientemente no se interesará en aprender, no digo cien, ni una de las palabras de la lista porque ¿para qué si ya mamá dijo que no podía? Estas creencias quedan instaladas en el disco duro de nuestras cabezas y son la causa de tantas frustraciones y de tantos «¿Para qué intentarlo?» o «No soy bueno para eso», entre muchas limitaciones que nos ponemos cada día.

En la segunda escena, mamá se olvidó de que modelamos a los niños con el ejemplo. No basta con decirle a un niño lo que es correcto, hay que mostrarlo con nuestras acciones. El respeto al prójimo, la honestidad, la ética, la puntualidad, entre otras, se aprenden en nuestra primera infancia. Precisamente en esos años en los que los papás creemos que «el niño no entiende».  

Si un niño entra a las ocho de la mañana al colegio y a las ocho es que los papás recién lo están subiendo al carro para partir, su aprendizaje será que la puntualidad no es importante. No será raro que se convierta en una persona para la cual llegar tarde a todas partes sea lo más normal del mundo. 

Si mamá abre un producto en el supermercado y sin haberlo pagado se lo da al niño, cuando este niño crezca y realice la misma acción ¿con qué cara lo reprenderá?

Nuestros hijos vienen a este mundo sin saber de hipocresía, contradicciones, ni ironías. Son un papel en blanco que se va imprimiendo a medida que escuchan, observan y sienten todo lo que está a su alrededor. Sin consideraciones. La responsabilidad de lo que ese papel vaya mostrando es solamente nuestra.  

Creo que ningún papá o mamá es perfecto. Yo ciertamente sé que no lo soy. Pero estoy segura de que podemos mejorar cada día en nuestra tarea asumiendo el pequeño esfuerzo de pensar un  poquito antes de hacer o decir algo que pueda acabar impreso en la vida nuestros hijos. Ellos, al final, nos lo agradecerán.



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