Lo que septiembre nos trajo

Lo que septiembre nos trajo

El lugar donde vivimos suele ofrecer distintos desafíos, ya sea que haya dos o cuatro estaciones, calor intenso, fríos y nevadas, fuertes tormentas o tornados, terremotos o huracanes. Todo efecto ha sido acrecentado por la acción destructiva del hombre sobre nuestra única y común casa. Las condiciones de nuestro entorno nos modelan y nos preparan fortaleciéndonos para adaptarnos a las circunstancias cambiantes.

Los que vivimos en zonas propensas a la llegada de huracanes tenemos una larga temporada en estado de alerta y con días de largas horas de incertidumbre frente al giro que tomará el fenómeno. Hace unos días lo vivimos durante interminables horas. Acatando las indicaciones oficiales y de acuerdo con nuestra experiencia previa, nos preparamos para recibir un huracán muy inestable. Por donde uno se movilizara, había personas embarcadas en su propio operativo. Se percibía un cambio total de la energía del ambiente.

Cuando se va acercando el momento del posible impacto, tomamos conciencia de nuestras reales necesidades. Los creyentes oran y visitan templos pidiendo ayuda o agradeciendo. Nos convertimos en observadores de nuestro hábitat, calibramos peligros o posibles riesgos. Adquiere real valor lo que es efectivamente importante en nuestra vida. Nos contactamos con familiares, amigos, vecinos. Sentimos la fragilidad de nuestra vida y de nuestra situación. Cuando finalmente nos enteramos de que se desvió, respiramos aliviados y empezamos a preocuparnos por aquellos que fueron afectados. Son situaciones límites. Son momentos cuando todos nos sentimos hermanados.

Mi experiencia en estas ocasiones cuando me siento sacudida por factores externos a mí, y puedo percibir mi fragilidad ante hechos monumentales, es que me observo en toda mi humanidad. Estoy plantada en el presente, consciente del entorno, alerta ante cualquier cambio. Me siento conectada con todos y a la vez aislada. Se desvanece todo lo superfluo y emerge lo realmente importante.

Me impresionó ver en televisión un contacto con la isla devastada, y me llama la atención una especie de mantra repetido con fuerza y ritmo. Me doy cuenta de que las personas que están enfocando vienen repitiendo: “nada, nada”, coordinado con la brazada. Era una familia de cuatro, amarrados por una cuerda, apenas vestidos, nadando contra una corriente muy violenta. Los ayudaron a salir y frente a su testimonio y a los ojos desorbitados de la muchacha que hablaba, sentí admiración y respeto por ellos. Vivieron un presente intenso, contando solo con el esfuerzo personal y el apoyo del grupo. Han perdido todo. ¡Ni un documento tenían consigo!

¡Cuánto hemos podido reflexionar en estos días intensos y cuánto hemos podido incorporar! Salimos de ellos agradecidos, más conscientes de lo que tenemos, más fortalecidos y a la vez, más frágiles y humanos. Mucho más preparados para el siguiente episodio en el que la naturaleza nos envuelva.

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Imagen de David Mark en Pixabay 



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