Los amigos del supermercado

Hoy fui al supermercado y reparé en lo lejanos que lucen aquellos tiempos en los cuales yo me daba a la tarea de preguntar por cualquier cosa que se me ocurriera, justo en el anaquel de verduras y legumbres.

Todo empezó un día hace mucho años ya, en un supermercado de nombre «Mercafe», abasto que luego fue comprado por la cadena «Olympica» y ahora de cariño le llamamos «Mercafué».

Este negocio estaba justo al lado de mi casa paterna, y casi a diario me eran encomendadas ciertas misiones que llevaban como objetivo completar algún ingrediente para la cena o el almuerzo.

En aquella ocasión, me correspondía comprar unos bananos, cambures como decimos en Venezuela, y cuando llegué al lugar de los plátanos, me descubrí insegura de reconocer cuáles eran plátanos y cuáles eran bananos; opté entonces por preguntar a la persona más cercana y me encontré con una respuesta tan completa y amorosa, que el asunto me quedó gustando.

A partir de ese momento fui aprendiendo a reconocer perejil de cilantro, yuca de ñame, lechuga de radiquio, en fin… una larga lista de distinciones vinieron a mi de la mano de clientes desprevenidos que se daban la oportunidad de compartir conmigo un momento de gentileza.

Al llegar a Caracas, la modalidad se puso más interesante porque de la mano de mi inquietud, el paso obligado en la conversación se relacionaba con mi acento y lo sabrosa de la comida colombiana, de lo atentos y serviciales que somos y así sin parar hasta llegar a la caja registradora.

No recuerdo en qué momento opté por cambiar esa conversación con notas de ingenuidad y apertura; a la conversación en la esta tarde me reconocí,  en el mismo lugar donde antes estaba dispuesta a hacer amigos y hoy no hice otra cosa que encontrar cómplices de mi queja y mi lamento.

Protesté porque los tomates estaban casi podridos, las papas demasiado sucias, piña no había y las manzanas se fueron por las nubes. En esta ocasión no hubo recetas, ni halagos para mí país, más allá de un «por qué no se regresa?»

Quizás muchos de mis lectores pueden iniciar una polémica bastante válida para llegar al punto de que nos encontramos ante una situación compleja. Sin embargo, y a los ojos de la Ontología del Lenguaje, lo que viene a mi mente es que la QUEJA, si bien nos brinda la oportunidad de hacer catarsis, por otra parte, nos sumerge cada vez más, en uno de los estados emocionales más tóxicos que pueden existir y es el del RESENTIMIENTO.

No somos responsables del estado emocional en el que nos encontramos, pero si de permanecer en él.

Que tal si en la próxima charla del supermercado le apostamos a la felicidad?



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