Los amigos donde vivimos

Los amigos son la familia que escogemos. Ellos amplían nuestras redes más allá de las complejas relaciones filiales para conectarnos con el mundo. Allí están los refugios, las conexiones, la diversión y la persistencia de la memoria. Los amigos son mucho más que gente querida para compartir la vida: en ellos reposa una parte de nosotros mismos.

Tener amigos es bueno, y buenos amigos, mucho mejor. Se ha comprobado que cultivar amistades ayuda a la salud, trae una mayor sensación de felicidad y es clave para la realización personal. En los amigos vamos depositando nuestra confianza, sueños y problemas, y cuando la amistad se hace profunda e íntima, suelen ser los amigos nuestro primer salvavidas o cables a tierra.

Una aclaratoria: no me he tomado un solo trago antes de escribir, así que no voy por la fase de la exaltación de la amistad que suele acompañar una borrachera entre panas. Esto es más bien una invitación a aprovechar la oportunidad de explorar nuestras emociones en las ricas aguas de la amistad. Sin máscaras, sin la fachada de felicidad de Facebook o el guión de hermandad de la publicidad. Porque revelar(nos) ante los amigos puede ser una forma de conocernos mejor con nosotros mismos.

«Conversar es hablar del mundo que nos rodea» dice el psiquiatra Augusto Cury «Dialogar es hablar del mundo que somos». Esta capacidad de zambullirnos en los sentimientos, que suele darse con mayor facilidad entre mujeres, abre las recámaras del alma para ventilar las emociones. No se trata de usar a los amigos como si fueran psicoterapeutas, pero el simple hecho de hablar (y escucharnos) nos permite descargar y entender mejor lo que nos sucede. Es así como apartamos la soledad para conectar con otro ser humano, y en el proceso, construimos un vínculo trascendente.

Como verás, a estas alturas no estoy hablando de tener un millón de amigos, sino de tener a esos que son uno en un millón. Porque si bien ampliar la cantidad y variedad de nuestras amistades puede ser enriquecedor, son las relaciones profundas e íntimas las que dejan huella. Esto es algo que toma tiempo, pero sobre todo, honestidad y valentía. Para hablar del mundo que somos hace falta dejar de lado el qué dirán; algo que sucede de forma natural cuando estamos con amigos de verdad.

amigos-vivimosY hay algo más. En esos amigos está uno de los mejores antídotos ante la ansiedad que produce la muerte. Porque todo lo que hemos soltado, confiado y depositado en ellos seguirá viviendo cuando ya no estemos. Y viceversa. Como sucede con la familia, los amigos viajan muy cerca de nosotros en el río de la vida. En sus aguas personales, diluidos, vamos nosotros también. En sus memorias están igualmente las nuestras.

¿Tienes amigos de esos? Si no has regado ese árbol desde hace un tiempo ¿qué tal hacerlo en estos días? No te digo una llamadita o un par de líneas en Facebook. Tú sabes de qué te hablo.

Y si no los tienes, piensa que la amistad es una escogencia mutua y siempre tienes la oportunidad de escoger primero. Quizás ese amigo que anhelas está muy cerca y con las mismas ganas de hablar del mundo que encierra. Porque todos, con algunas pocas excepciones, tenemos un camino para atravesar la soledad.

Ahora sí, porqué no, alzo mi copa para brindar por los amigos donde vivimos. Esos que están acá y los que se fueron.



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