Los buenos somos más

¿Se imaginan que la mayoría de las personas en este mundo fueran malas? ¿Que de cada 10 personas, 8 fueran como Charles Manson? Por ejemplo. ¿Cómo sería el mundo si esto fuera así?

Me pregunto esto a menudo al convivir con una persona que ha sufrido ataques de pánico y cuyas secuelas han dejado miedos y desconfianzas difíciles de sobrellevar. Es el sospechar siempre de todos, el “caras vemos corazones no sabemos”. Trato siempre de explicarle que más del 90 por ciento de las cosas malas que imaginamos que podrían suceder, jamás suceden y que, a pesar de vivir en un país donde las historias fatales se amontonan en las páginas rojas de los diarios, aún podemos salir a la calle pensando en positivo, alejando las malas energías, decretando y transpirando solo buenos pensamientos, como dice un amigo, “caminando por la sombrita”. Además trato de persuadirla con la teoría o dogma personal que pregona que los buenos, somos más. Soy un convencido de que el planeta gira, a pesar de sus acostumbrados contratiempos, gracias a la buena fe y buenas acciones de una gran mayoría que sale a la calle encomendada al Dios de su preferencia y que al final del día tiene un balance de buenas acciones que supera con creces a una que otra tachadura. Son las personas que hacen familia, que estudian y enriquecen su espíritu, las que hacen deporte para ayudarse y superarse a si mismos, las que agradecen y pagan favores ayudando a otros, las que han asumido que la vida se recorre sin mucho equipaje, y esto puede ser literal, pues eso obstaculiza la caminata.

rueda_genteNo obstante, no pretendo tapar el sol con un dedo. Siempre hay muchos que son alcanzados por las estadísticas. Personas que son arrolladas por un vehículo, que se envenenan comiendo moluscos, que se ahogan en el mar, los que se resbalan en la ducha, los que padecen enfermedades terminales y los que son víctimas de la inseguridad, víctimas de esa minoría de gente mala.

Mi punto es, en primer lugar, asumir con humildad que en cualquier momento nuestra vida puede acabar y hasta eso debemos asumirlo con tranquilidad. Debemos cuidarnos y ser responsables con nuestra salud, sí, pero el miedo nunca debe paralizarnos ni detenernos. En segundo lugar, no desaprovechar ni un minuto al estar con nuestros hijos y familiares, decirles y demostrarles que los amamos profundamente. Tercero, salir a la calle con el sentido común como ángel guardián (no ostentar joyas, carros lujosos, aparatos llamativos o costosos). Y cuarto, no dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. Evitar lo que diría el sobreviviente de un accidente aéreo cuyo testimonio me marcó: “colecciono vinos viejos”.

Si contabilizáramos las buenas acciones que se hacen a diario en todo el mundo, el número de recién nacidos día tras día, los viajes, eventos y grandes construcciones que se concretan sin resultados adversos, nos convenceríamos de esto. En el gran concierto de la vida nos engranamos a pesar de ejecutar distintos instrumentos con distintas melodías gracias a las buenas acciones, jamás a las malas. A veces muchos buenos son víctimas de las acciones de un puñado de malos pero aún así, somos mayoría. Es un credo que debemos repetirnos desde la sencillez del día a día. Concentrémonos en nuestra respiración y seamos multiplicadores del optimismo, formando con amor a los más pequeños que a su vez ya engrosan las filas del gran ejército del bien.

 



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