Los colores del día

Ilustración de José Ovalles ([email protected])

El sol salió de un rojo intenso la mañana de esta noche cuando escribo. El día comenzó sin novedad: caminata matutina, meditación sobre el cojín, arrancarle las sábanas a la familia y amasar unas arepas. Pero de alguna forma sentía cierta agitación, y cuando las cosas se descarrilaron un poco (una que no quería desayunar, la otra que seguía pegada al libro sin terminar de vestirse y mi esposa pidiendo ayuda desde el computador) de pronto se asomaron nubarrones negros.

A media mañana de nuevo el cielo era azul y yo avanzaba rápido entre llamadas y emails. Antes del almuerzo llegó el gris cuando un amigo me habló de su estrés post-traumático tras un secuestro express. La tarde tuvo diversos matices de verde entre más conversas y pequeños logros. Cuando nos sentamos a cenar estaba de un amarillo más radiante que la lámpara del comedor. Mi hija mayor había perdido su quinto diente de leche (cortesía de un «golpecito» de su hermana), la menor me dejó sin aliento con un abrazo y mi esposa me regaló una sonrisa de postre. Finalmente llegó la hora de los cuentos. De buena gana me hubiese quedado tendido en sus camitas.

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Entonces llegó el momento de sentarme ante el computador y no pude sino pensar en los colores del día. Al filo de la medianoche todo resultaba muy claro: cada suceso se había ido tiñendo con el matiz de mis pensamientos. Es una frase hecha, pero cierta: todo depende del color del cristal con que lo mires.

Solemos pensar que la realidad dicta el tono de nuestras experiencia. Así, las cosas nos van sucediendo y nosotros vamos reaccionando con mayor o menor intensidad. Pero si miramos con cuidado es posible notar que el asunto es más complejo. Nuestra percepción es tanto o más determinante a la hora de darle significado a las cosas, porque con maestría desbordante, nuestra conciencia determina el color que tendrán las experiencias que vivimos.

Es aquí donde resulta útil desarrollar la capacidad de reconocer los lentes que llevamos ante los ojos y la tonalidad de sus cristales. Estando atentos podemos reconocer que las cosas no «son como son» sino «como las estamos viendo». ¿Demasiado obvio? Posiblemente, pero recuerda la última vez que las cosas se pusieron color de hormiga. ¿Era lo que sucedía, o cómo te lo tomabas?

En las prácticas de meditación contemplativa el primer paso es despertar la conciencia y ver esos lentes que llevamos. Luego viene el largo proceso de observar a través de ellos, y aún así, reconocer las cosas tal y como son. No es asunto de quitártelos, sino reconocer el color del cristal en su momento, y aún mejor, ser capaz de escoger los lentes del amor y la compasión.

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Esto es posible cultivando un estado mental de amplitud y calma. Imagina que tu mente es un vaso de agua. Si le agregas dos gotas de colorante y lo agitas, en un instante el líquido estará completamente teñido. Pero en un lago, esas mismas dos gotas se diluirán en unos segundos sin dejar traza. Y te imaginarás lo difícil que es agitar un lago.

Y por supuesto, una cosa es entender el fenómeno y otra vivirlo. Porque en teoría todo engrana perfectamente, pero la vida es asunto de práctica, un momento tras otro, donde se va revelando la belleza de la existencia y sus verdaderos colores.



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