Los hacemos vulnerables

El pasado 31 de diciembre, ya en sus últimas horas, mi nieta me hizo un regalo muy especial. Me dijo: “Abuela: me gusta cómo eres”. Gracias, le dije, ¿por qué? “Porque siempre encuentras el lado positivo a las cosas”, y me dio dos ejemplos recientes, que no recuerdo lamentablemente, porque me perdí en los “molinos de mis pensamientos” al momento de oír su voz. Según el diccionario de la RAE, Escuchar es prestar atención a lo que se oye. Muchas veces oímos al otro, pero nuestra mente empieza a trabajar a toda marcha, y no hacemos bien ninguna de las dos cosas: escuchar al otro y escucharnos a nosotros.

Me asombró su capacidad de observar y de sacar conclusiones con ese nivel de abstracción y madurez. Ese es el punto. Los niños (sabemos cuán receptivos son) tienen capacidades que subestimamos o ignoramos y los invadimos con discursos que aburren, mientras ellos (como lo hicimos nosotros antes), absorben mucho más de nuestra conducta que de nuestras conferencias. Sí, eso era lo que mis tres hijos, con los que la vida me honró en dejar a mi cargo, les dictaba en mi carro mientras hacía el transporte escolar cada día, corriendo de un lado a otro, pero muy ocupada en explicarles la importancia de estudiar, que no de obtener buenas notas, sino de hacerlo por su propio crecimiento y… todo lo demás. Cada padre que lea esto, estoy segura, sonreirá y se verá reflejado. Todos lo hemos hecho.

Hoy trabajo con niños pequeños y veo que los adultos olvidamos eso. Tratando de impedirles sufrimientos y accidentes, y, evitando el bullying, los hacemos vulnerables. He visto llorar desconsoladamente un niño de cuatro años porque le han dicho bebé (porque esa es una mala palabra), a una niña de seis porque le han dicho gorda, he oído a una niña decirle a otra que ella no es linda, que su mamá es la única que la ve así, a muchos cada día porque “fulanito no quiere ser mi amigo”. Cuando los detengo y les pregunto si bebé es de verdad una mala palabra, cuando les pregunto si ellos son bebés y me responden que no, les insisto en que esa es la opinión de otro niño, que ellos tienen su opinión muy valiosa, que no permitan que eso les haga perder la oportunidad de disfrutar su vida. Ellos entienden.

En cada caso, los llevo a reflexionar, a sacar sus propias conclusiones, a no dejarse llevar por opiniones impuestas. A veces ellos se sienten mal por sí mismos, pero muchas veces repiten conductas familiares. Los padres no queremos que nuestros hijos sufran y en ese proceso, irrespetamos su proceso de crecimiento, donde tendrán que lidiar con fracasos y caídas, les enviamos el mensaje subliminal “Tú no puedes, yo sí”, y tratamos de resolverles la vida sin esperar a que ellos busquen los recursos para hacerlo. Repito: los hacemos vulnerables.

Mi nieta pudo observar lo que íbamos viviendo esa noche, contactarse con lo que veía y sentía, expresarlo y seguir jugando con la muñeca que cargaba, tranquilamente. Pudo hacerlo porque ella vivió el bullying años atrás y su madre, y alguna docente especial, le dieron las herramientas para hacerlo. No es que no la entristezca alguna actitud crítica de otra persona, pero no la destruye. Y eso hay que reforzarlo en todo el proceso de crecimiento.

Los invito a transformar nuestro futuro de un niño a la vez. Niños felices, confiados y seguros de sí, garantizan un adulto maduro y equilibrado. Finalmente, se trata de lo esencial: amar al otro, respetar la individualidad, brindar servicio desde cada rinconcito que ocupemos.

El video que les comparto es de Amira, una niña con una personalidad y una voz increíbles.



Deja tus comentarios aquí: