Los niños siempre saben pintar

Una tarde a los niños de nuestro taller les sorprendió, no encontrar sus colores para pintar, y ver en su lugar varias obras de arte, dos de ellas mostraban paisajes y situaciones apacibles, las otras eran dos situaciones violentas que se les presentaron para escuchar qué pensaban de ellas, qué sensaciones les producían y cómo las comparaban con su realidad.

Luego de escucharles opinar y desdibujar las obras con sus palabras, les pedimos que contarán las historias de violencia de su comunidad. Para los niños resultó un juego y entre risas narraban las peleas en el colegio, las golpizas con sus hermanos, y las discusiones de los adultos, hasta que finalmente algunos dejaron de reír.

dibujo 300Vanesa con los ojitos cristalizados le preguntó al profesor, despacito, como quien dice sin querer estar diciendo: «Profe, ¿es malo si mi mamá me pega mucho?». Ruben, que todo lo escucha, se rió y le dijo despreocupadamente: «no, está bien si tú te portaste mal». A lo que Carolina, con sus breves seis añitos agregó, “yo creo que mi mamá quiere más a mi hermano, a él le pega más que a mí”.

Para un artista plástico y una periodista encontrarse con estas historias significó un reto, implicaba entender qué pensamos y qué sentimos cuando estamos cerca de la violencia. Y así comenzó un viaje a través de las historias de cientos de niños, madres, maestras, e incluso delincuentes. En todas las historias encontraron dos puntos en común: la violencia no le gusta a nadie, paraliza y da miedo, pero aquellos que la viven a diario comienzan a normalizarla y dejan de ver en ella la amenaza de la primera vez.

Esos puntos en común han sido la inspiración para entender cómo el arte nos permite enfrentar la violencia desde otro punto de vista. Cuando se narra en un dibujo la violencia pierde su poder y puede verse en perspectiva. Comenzamos a entender que no es normal.

Una mamá que se dibuja a sí misma golpeando a su hijo deja de pensar que “una nalgada a tiempo está bien”. Se da cuenta de que esa nalgada que antes defendía como una estrategia para disciplinar a su niño, no es más que una humillación para él, que le produce rabia y dolor, pero que sobretodo no lográ educar, no explica por qué, no ayuda a crecer.

Las historias sobre la violencia no tienen colores vibrantes, sólo los niños más pequeños son capaces de darle tonos pasteles porque de alguna manera para ellos forma parte de su realidad, y comienzan a entenderla como otra forma de amar. A los adultos nos cuesta recordar lo importante que nuestros padres fueron para nosotros, como imitabamos todo lo que hacían y el amor infinito que los niños pequeños profesan a quienes son para ellos los adultos más importantes, más valientes e interesantes… su propia familia.

ninos pintandoEs posible que el arte, por sí solo, no pueda cambiar el mundo, pero sí puede hacernos ver cómo la violencia se alimenta de nuestras propias acciones, cómo nosotros mismos la alimentamos en nuestros hijos, cuando la utilizamos como una forma de relacionarnos con ellos. Puede mostrarnos la anomía que produce en nosotros, en nuestras familias y comunidades, pero lo más importante es que puede mostrarnos cómo cambiar.

Cuando un niño está pintando utiliza las manos para hacer trazos con sus pinceles, no las utiliza para pelear. Cuando los adolescentes crean murales, esculturas y pinturas, se desarrolla en ellos la capacidad de pensar en alternativas a la violencia. Cuando sus padres pintan con ellos entienden la convivencia pacífica como un acto de amor posible y aprenden a distinguir la violencia de la disciplina.

La violencia nunca está bien, no podemos normalizarla, pero sobretodo tenemos que entender que nuestras acciones suman y que en nosotros está la posibilidad de cambiar como convivimos, comenzando a pintar una historia diferente.



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