Los niños y la consciencia de sí mismos

Los niños y la consciencia de sí mismos

Solo los seres humanos, entre otros primates “superiores”, alcanzan a cierta edad el estadio evolutivo que les permite la consciencia de saberse individuos, la consciencia de otredad (saberse otro distinto al entorno, objetos y demás individuos que los rodean) En el caso de los seres humanos este hito se produce en torno a los dos años cuando se acelera la mielinización (interconexiones) del neocortex (cerebro racional) y las criaturas de forma incipiente y progresiva van adquiriendo funciones racionales como el habla y otras capacidades cognitivas.

Antes de que esto suceda la experiencia de los niños es fusional. Física, emocional y cognitivamente son una extensión de la madre o figura maternante, no se perciben separados, distintos.

Para determinar el momento o período en que los primates superiores, incluido el humano, establecen la transición, algunos antropólogos pintan un círculo de color en la frente de cada criatura y la ponen delante de un espejo. Cuando la criatura ante su reflejo en el espejo se da cuenta de que tiene el círculo en la frente y se lo toca (se reconoce), muestra evidencias de haber alcanzado dicha consciencia. En los humanos, como expliqué, esto sucede alrededor de los dos años. Se trata de un cambio importante que entraña un antes y un después en la experiencia vital de los niños y que se traduce en comportamientos típicos de consciencia de separación y afirmación de su individualidad, oponiéndose a los adultos con los famosos noes, el “mío mío mío”, “yo yo yo”, los berrinches, etc., de los muy mal llamados terribles dos/tres años y que deberían valorarse como la etapa del maravilloso y potente despertar que marca el umbral de sus primeros pasos hacia el prolongado y lento camino al establecimiento de la autonomía.

La manera en que acompañemos esta experiencia marcará la diferencia entre interferir o facilitar un desarrollo sano de la salud mental de las criaturas.



Deja tus comentarios aquí: