Los ojos del ilegal

Un ruido interrumpe la conversación de los comensales en un restaurante de Costa del Este, una de las zonas más pudientes de la ciudad de Panamá. Del lado externo, y recostado sobre el vidrio con el cual acababa de golpear su cabeza, yace un hombre en el piso, consciente pero desorientado. Algunos de los mesoneros salen en su auxilio, junto con algunos de los comensales. El hombre responde que se encuentra bien cuando le interrogan, y lanza una intrigante súplica: “no llamen a nadie, no importa lo que pase, no llamen a ninguna ambulancia, se los pido por favor”. Tras unos minutos, y ya sentado dentro del local con un vaso de agua en frente, aquel hombre de aspecto robusto, de poco menos de cuarenta años, paulatinamente recupera el semblante.

Sentado en la mesa frente a mí veo sus piernas temblar. Parece atemorizado. El encargado del restaurante le sirve un plato de comida en un plato para llevar. Pido le den un poco de refresco, pues parece necesitar azúcar. Me acerco a conversar con él y su temor se hace evidente.

“Jairo”, me responde cuando pregunto le su nombre. Dice que ya se siente bien, que solo ha pasado algún tiempo sin comer pero se siente bien. Insiste en que no llamemos a una ambulancia ni que ofrezcamos llevarlo a un hospital. Pregunto por qué no quiere recibir ayuda. “Estoy aquí ilegal” dice. Su voz se quiebra. Quiere pararse e irse. Lo último que quería era llamar la atención y ahora el encargado del restaurante y yo tratamos de ayudarlo con lo que para él resulta un interrogatorio abrumador. Ofrecemos acompañarlo a una parada de buses, y mientras caminábamos hacia allá nos refiere su historia.

Jairo había llegado semanas atrás desde Colombia por la selva del Darién. Sin papeles ni permiso de trabajo quiso desempeñarse en cualquier oficio que le procurara algunos dólares con los que vivir. No tiene a nadie en Panamá. Su empresa fue inútil, y ahora lo que quería era regresar a Colombia. “También soy inmigrante” dijo el encargado del restaurante, quien también era colombiano. “Yo también” dije, “soy venezolano”. Asintió. Llegamos a la parada de buses, donde se sentó. Conversamos un rato más. Su temor era que con la llegada de una ambulancia vinieran autoridades y lo llevaran a una cárcel donde, según tenía entendido, podía pasar meses hasta su deportación. Hicimos silencio. Dijimos que eso no era así, pero no insistimos. Le dimos algo de dinero y empezó a comer del plato de comida que le habían regalado, y entonces lloró.

“Entiendo por lo que estás pasando”, mentí. Yo no entiendo por lo que está pasando Jairo, ni los que están en situación similar. Yo emigré en condiciones favorables amparado en un título universitario y una carrera profesional. No sé lo que es temer a una deportación o caerme al piso del hambre. Estaba tratando de ayudar y comprender a Jairo desde mi lógica, y mi lógica era totalmente inútil. De nada valía seguir preguntando por lo que estaba pasando. Cuando un hombre llora, ni las palabras más elocuentes pueden describir el dolor que está sintiendo mejor que las lágrimas mismas. Y el respeto ante ese dolor se expresa con silencio, no con razonamientos legales. Le di la mano, una palmada en el hombro y me despedí. Me dio las gracias, y en ese momento, por primera vez, me vio a los ojos.

Vi la sinceridad pura de alguien que no tiene nada que perder. Entendí que el miedo a la condición de ilegalidad raya en el miedo a la existencia misma. Es injusto. No tengo la solución, no soy experto en derecho migratorio y temas del ramo, pero las miradas desde los ojos de los que llaman ilegales dejan claro que algo de cómo nos hemos organizado como especie humana está mal, muy mal. No es cuestión de lógica, o de derecho, es cuestión de que somos todos primeramente humanos.



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