Los papás que mudamos de piel

Valerie ha entrado en una etapa en la que no deja de hablar y preguntar muchísimo. De hecho, mientras escribo esto, ella dispara frases sin parar a mi lado. Ya está rozando los tres años y cinco meses. Me dice que hagamos un trato; que quiere aplausos para su show; que lea mi periódico tranquilo; si estoy en el baño, toca la puerta y me avisa que alguien anotó gol; me exige que le compre torta de zanahoria. Y pregunta, pregunta mucho. Lo quiere saber todo. En estos días yo me hacía la pregunta de cómo los dos habíamos llegado hasta ese punto; cómo ella ha ido cambiando tan rápido y dejando etapas atrás; cómo ha nacido esa empatía entre papá e hija. Con Valerie he ido mudando de piel varias veces.

Cuando nació, la ansiedad me venció. Es una mezcla entre inexperiencia, dudas, miedo y más miedo. Debía tener la certeza de que estaba respirando, entonces, me acercaba varias veces a la cuna. Las vacunas me dolían tres veces más a mí que a ella. Era desesperante. Luego, el tema de la lactancia materna y la fórmula. Eso, creo, es otro parto. Y así se fue la primera muda de piel.

Luego entramos en la etapa del gateo y de aprender a caminar. Aquí tuve que manejar dos cosas: la alegría por cada nuevo paso, literalmente, y la famosa “presión social” porque “la niña ya debería estar caminando”, además de las tradicionales comparaciones con todos los hijos del planeta que siempre caminaron y hablaron antes que el tuyo. Yo hice caso omiso a todas esas personas y me disfruté este período como nadie. Jamás me desesperé ni me puse nervioso y olvidaba rápidamente los comentarios de terceros. Sé que cada niño tiene sus tiempos y hay que respetarlos. Segunda muda de piel.

Superada esa etapa, comenzó la de aprender a hablar. Entraron en escena los libros y las lecturas a cualquier hora. Valerie no arrancó a hablar de a poquito. No. Con ella arrancamos conversando de un día para otro. Me sorprendía cómo iba insertando a su vocabulario palabras que yo no le había enseñado o mencionado. Todavía me sorprende cómo los niños relacionan las palabras y las acciones. Y ya como podía expresarse, los juegos eran distintos: tardes de plastilina, pintura o muñecas, aderezados con cuentos de su colegio o ella inventándose historias que me daban mucha risa. Tercera mudanza de piel.

Oficialmente, estamos en el piso de los berrinches, de negarse a su siesta de todas las tardes y de luchar para que se dé su respectivo baño de todos los días. Pero también estamos sobre el escalón en el que ella observa, pregunta e imita. Se trae a casa la actitud de su maestra, o la de la muchacha que nos atendió en alguna tienda, o de la pediatra cuando toca visitarla. Imita. Imita mucho. Y por eso le he prestado mucha atención a este momento. Ella es una esponja y puede absorber tanto lo bueno como lo malo que ve. Me encanta cuando me dice: “papá, yo tengo un programa de radio, ven que te voy a entrevistar”. Observa, pregunta y repite.

Hace unos días fuimos a comer a un restaurante, y la joven que nos atendía tenía un piercing en la boca. Luego de tomar nuestro pedido, Valerie preguntó: “¿por qué la muchacha tiene un zarcillo en la boca?”. Eso me hizo pensar que estamos entrando en otra fase y toca mudar nuevamente de piel. Pero así es este maravilloso y preocupante mundo de la paternidad.

¡Feliz día a todos los padres que cambiamos de piel constantemente!



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