Los parques tienen que abrirse paso

Toda ciudad necesita espacio público. Esto debería ser obvio, objeto de un consenso automático. Pero no es así ni lo ha sido históricamente.

Luego de que a mediados del siglo XIX parte de la élite de la ciudad de Nueva York hizo campaña porque la metrópolis norteamericana tuviera un buen parque, como Londres su Hyde Park y París su Bois de Boulogne, se hizo un concurso para su diseño, que ganaron Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux.

Pero luego hubo numerosos conflictos, primero con las 1.600 personas que hubo que desalojar prácticamente por la fuerza de los terrenos donde está hoy el que debe ser el parque más conocido de la Tierra, y después entre Olmsted y unos cuantos funcionarios municipales, que lograron apartarlo varias veces del control de la obra.

Años después de que fuera finalmente terminado, Central Park pasó décadas abandonado hasta que el alcalde Fiorello LaGuardia lo rescató en los años 30. Porque si hay enfrentamientos cuando el parque es proyectado y aprobado, y debe destinarse a él un terreno que tiene usos agrícolas o habitacionales y por tanto intereses que se oponen a su transformación en espacio público, mucho más puede haberlos cuando un parque que no tiene a nadie que se ocupe de él degenera en zona muerta y peligrosa.

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La verdad es que los parques son –como tantas cosas en la ciudad- tremendamente políticos. Desde hace algunos años, hay una polémica en Caracas por el uso del inmenso terreno que en pleno este de la ciudad ocupa la base aérea de La Carlota, y que ha sido objeto de varios anuncios distintos por parte del gobierno central luego de que éste decidiera impedir su uso como aeropuerto para privados.

Buena parte de la comunidad arquitectónica y urbanística, así como del movimiento vecinal y la actual Alcaldía Metropolitana, presiona porque se abra un concurso público y adecuadamente gestionado que produzca el mejor proyecto posible para la que sería la mayor obra en la capital venezolana en mucho tiempo, que no sólo incrementaría la tan deficitaria proporción de espacio público por habitante que tenemos los que vivimos en ella, sino que incluso podría atenuar los problemas de tráfico que causa la escasa conexión vial entre el noreste y el sureste.

Recuerdo que la extensión de lo que hoy es el Parque Fernando Peñalver en Valencia (Venezuela) estuvo paralizada por años porque la alcaldía no lograba negociar con el dueño de una vivienda en el centro del terreno, y el parque creció a su alrededor hasta que la expropiación fue posible y el proyecto pudo concluirse. Fue un caso en el que un individuo detuvo la concreción de un beneficio para toda la ciudad, un parque que se utiliza intensamente por la población.

Lo bueno es que cada conflicto en torno a un parque sirve para repetir lo que hay que repetir siempre sobre ellos: que agregan naturaleza –aire, vegetación, fauna, lluvia- a las urbes; que permiten espacio para jugar, aprender, leer, enamorarse, dormitar; y que son, como pocos componentes de la experiencia urbana, profundamente democráticos. En los parques nos podemos encontrar todos. Simplemente, no podemos vivir sin ellos.



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