Los tres secretos

Existe una vieja película de los años cincuenta del pasado siglo que lleva ese nombre “Los tres secretos”. Bebiendo en la fuente de las Grandes Tradiciones, siempre, de una manera u otra se nos hace hincapié en la indispensable necesidad, como paso esencial de desarrollo y evolución, de conocerse a sí mismo. Siguiendo el planteamiento argumental de la película y uniéndolo al mensaje de la trascendencia, intentaremos hacer un breve análisis de lo que significan esos tres secretos.

El primer secreto es todo aquello que no nos atrevemos a decirle a los demás. Incluso, algunas cosas, a nadie en absoluto. Es nuestro gran secreto, que ocultamos detrás de las máscaras que usamos a diario y de la imagen que queremos que los otros tengan de nosotros. 

Atreverse a mostrarnos tal como realmente somos ante un “otro”, develando nuestras vergüenzas más escondidas, es realmente una prueba que requiere valor, osadía, honestidad, verticalidad. Dentro del camino iniciático, esta prueba se experimenta como muy difícil y dolorosa. Es una prueba que puede demorar mucho tiempo para ser recorrida completamente, a veces, incluso años.

Al final de éste camino hay un gran alivio. Se camina desnudo y ligero, sin nada que ocultar y sin que las opiniones ajenas puedan hacernos mella. Es un camino que requiere ser recorrido en los dos sentidos: hay que mostrar y a la vez ser escucha sereno, oyente sin juicios de otro compañero en el camino,  de quien somos continente y receptáculo, como otro(s) lo son de nosotros mismos.

El segundo secreto es aún más difícil de resolver que el anterior. Es poder ver y atrevernos a ver, aquello que NO nos mostramos ni siquiera a nosotros mismos.

Oculto en la oscuridad de la sombra, nuestras partes más sombrías permanecen ocultas incluso a nuestras miradas más atentas. Es un camino que no puede ser recorrido en soledad. Se hace necesario, indispensable, el reflejo sin juicios de “otro calificado”. Aceptar el reflejo que percibimos es extremadamente doloroso y abate con los últimos resquicios de una imagen que nos hemos esforzado en crear y mantener, prácticamente desde que nacimos. Si es aceptada, nos enriquece y nos permite transitar sin juicios de valor por nuestro mundo, en paz con nosotros y con nuestro entorno.

El resultado es una sensación de transparencia y seguridad, que se acompaña de una natural humildad ante los errores y dobleces de nuestros semejantes, sabiendo que, como ellos, también tenemos nuestra propia y oculta historia. Aprendemos a convivir con nuestra parte oscura, que ahora, conocida y consciente camina a nuestro lado y nos mantiene siempre alertas para que no sea ella la que tome el control de nuestras vidas. 

El tercer y último secreto es sumamente difícil de entender desde el nivel en el cual nos encontramos. Intentaremos una breve explicación.

El tercer secreto es la VERDAD, es decir acceder a lo que realmente somos. Acceder a nuestra verdadera, perenne e inmutable ESENCIA. Al llegar aquí descubrimos que el indispensable camino anterior, que recorrimos con tanto dolor y esfuerzo, tan sólo sirvió para que nos des-identificáramos con las falsas ideas de lo que nos han enseñado a creer que somos, y poder así tener la capacidad de subsumirnos, infundirnos, consustanciarnos, hacernos uno indisolublemente con lo que realmente siempre hemos sido y jamás podremos dejar de ser pues es a-espacial y atemporal.

Desgajando las capas de cebolla de nuestra personalidad, mezcla consciente e inconsciente de lo que creemos que somos, podemos llegar,  ¡por fin! A nuestra verdadera REALIDAD, o YO REAL o, si así lo quieren, el Atman.

 



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