Mamá también se asusta

Hace unas noches MiniSpiderman, mi hijo de 5 años, se apareció en mi cuarto como a las 3 de la mañana para pedirnos un “ladito” en la cama porque había tenido una pesadilla. Por supuesto, a esa hora no pregunte mucho y sólo me arrimé y lo acurruqué.

A la mañana siguiente le pregunté qué lo había asustado y me dijo que no se acordaba, así que le dije que seguro fue un sueño no muy bonito y que en la noche prenderíamos otra lamparita y papá o yo dormiríamos en su cuarto.

Estuvo de acuerdo y la escena no ha vuelto a repetirse. Les cuento esta anécdota porque en medio de nuestra conversa sobre el “sueño feo” MiniSpiderman me pregunto si yo sentía miedo de noche.

Me quedé pensando y le dije la verdad: “sí, mi cielo, mamá también se asusta”. Esa respuesta calmó su curiosidad y no me preguntó más, por ahora (seguro retoma el tema un día de estos). Pero yo me quedé pensando sobre mis miedos y la verdad, la mayoría gira en torno a mis hijos.

Hasta que tienes hijos, creo que eres un poco como Coll Mc Coll  y que nada te pasará nunca. Pero después que te conviertes en mamá (o papá) te empiezas a cuidar más, eres más precavido, disminuyes los riesgos y te aterra que cualquier cosa, por pequeña que sea, les suceda a tus hijos. 

Posiblemente cuando este post se publique, ya a Moreno mío (mi bebé de 19 meses) le habrán cerrado su hernia umbilical (un procedimiento muy sencillo como me explica la cirujana) y estará corriendo detrás del balón para gritar “Golaaazoooo”, con esa cara picara que me mantiene profundamente enamorada. Pero aunque la intervención sea de rutina para los médicos, para mí significa que mi chiquito será anestesiado y entrará a un quirófano y eso, con toda sinceridad, me asusta.

Yo creo que las mamás tenemos que darnos licencia para expresar nuestras emociones, sin que nadie nos cuestione o juzgue, porque al fin y al cabo se trata de nuestros hijos. 

Para mí escribir es una forma de drenar mis sentimientos, mis temores y  lo que me hace feliz. A mi modo de ver, cada mamá (o papá) debe buscar la manera de exteriorizar sus alegrías, frustraciones, tristezas porque si nos las tragamos, tarde o temprano, terminaremos exteriorizándolas (a lo mejor de mala manera) con nuestros seres queridos.

Les dejo algunas ideas que a mí me funcionan, cuando necesito dejar salir mis emociones como mamá:

Hablar: ponerle palabras a lo que sentimos evita que somaticemos y que nos carguemos de un estrés que seguramente nuestros hijos resentirán. El mundo 2.0 para mí ha sido una válvula de escape, tengo maravillosas amigas virtuales y no atormento a mi esposo con temas de mamá.

Ejercicios: cuando #mirapapáde2 está muy “cargado” emocionalmente corre, corre y corre como Forrest Gump y la verdad, los efectos positivos se notan en su carácter.

Escribir: para mí es un bálsamo. Desde que retomé la escritura, siento una energía liberadora cada vez que lo hago. Seguro que tú también tienes algo que te libera y apasiona.

Jugar: volver a ser niña y tirarme en el piso con mis hijos o armar una caimanera de fútbol de 3 es lo máximo.

Escuchar música: parece mentira pero cantar a todo gañote la canción favorita, te calma.

Respirar: hacerlo correctamente, desde el abdomen reduce nuestros niveles de angustia y nos hace sentir mejor.

En fin, lo importante es que cada quien busque la alternativa para exteriorizar sus emociones. Yo, por lo pronto, reconozco, que me asusto y mucho, en especial  cuando se trata de mis peques.



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