Mandala de la Tierra con plásticos

El mandala es un símbolo sagrado que representa tanto al macro como al micro cosmos. La elaboración de mándalas comenzó hace 2.500 años en la India y siguen siendo utilizados, sobre todo en rituales budistas. Los monjes pueden pasar horas, días y hasta semanas componiendo con arena de distintos colores unos diseños que representan al mundo en perfecto equilibrio. Sin embargo, una vez que terminan se bendice y se destruyen estas laboriosas creaciones. Con este acto nos recuerdan la impermanencia de todas las cosas y el valor del proceso a diferencia del valor del producto. A los espectadores se les da un poco de la arena para bendecirlos y el resto se lanza en un río para que a través de sus aguas lleguen al océano. Es una tradición para proteger y bendecir a nuestro planeta y todos los seres que habitamos en él.

Durante la celebración del Día Mundial del Ambiente 2013 facilité en la ciudad de Melbourne en Australia la creación de un mandala elaborado con una gran cantidad de colorida basura plástica. La idea era involucrar a la comunidad en este arte y ritual milenario para bendecir a nuestro ambiente en su día, y a al mismo tiempo alertar sobre el tema de cómo estamos contaminando nuestro mundo con plásticos que utilizamos diariamente.

La experiencia afianzó mi creencia en el valor del arte y la creatividad a la hora de crear conciencia e involucrar a la gente en la defensa y el cuidado de nuestro planeta. También fue una lección importante ver la espontaneidad del proceso de creación y apreciar el valor de la entrega y confianza en el colectivo.

girl-pet_fishHay diferencias notables entre el mandala que hicimos y el que hacen los monjes budistas. En primer lugar, el nuestro iba a quedar por un par de semanas exhibido en la casa de la municipalidad de St. Kilda en Melbourne. Este acto deliberado era para resaltar el hecho de que este material creado por el hombre no tiene nada de impermanente en el ambiente, sino todo lo contrario incluso pudiera durar más que nosotros en el planeta. Otro hecho a resaltar es que nuestro mandala tampoco sería echado a nuestro río El Yarra, pues todos los días éste recibe innumerables desechos plásticos, y lejos de ser una bendición sus efectos son nocivos y perjudiciales para las especies marinas y para todos los que habitamos este mundo.

Al final de la exposición los plásticos fueron recogidos y serán reutilizados en otra obra de arte. La diferencia estética de culturas se hizo evidente: el caótico colorido de nuestro mandala no tenía nada de parecido al orden, la precisión y el equilibrio que logran los monjes budistas en sus elaborados mandalas.

Por último, la experiencia de crear en comunidad también me brindó importantes lecciones; es necesario dejar a un lado todos los controles, juicios, expectativas e ideas preconcebidas. Requiere una entrega absoluta al presente y al grupo; una aceptación absoluta de lo que es y un gran respeto hacia el otro. No cabe duda de que desarrollar estas cualidades afianza nuestro respeto y amor por nuestro planeta y los seres con quienes lo compartimos.

 



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